sábado, 21 de noviembre de 2009

SOBRE ESTE LIBRO (Mayo 2011)

Coco falleció el 26 de Abril de 2011
El Autor, José Luis y Juan Carlos López - 1975
Más abajo usted encontrará el texto completo de mi libro “Dos Años de Luces Rojas”, incluida al final la segunda parte del mismo, denominada “Nunca es triste la verdad”. ¿De qué trata este libro? Comienzo a explicar: A fines del año 1974, junto a un amigo, decidimos instalar en General Pico, La Pampa, un tipo de negocio que desconocíamos casi totalmente: una whisquería. (o cabaret) Ese negocio terminó abruptamente en los últimos meses del años 1976. De esos dos años de noche continua quedaron en mi memoria incontables anécdotas de distinta índole, pero todas relacionadas con ese tipo de vida. Esos recuerdos son los que componen este libro en su primera parte.
La segunda parte (“Nunca es triste la verdad”) está incluida aquí al solo efecto de evitar preguntas y contiene el relato actualizado de todo lo que sucedió a partir de aquella tarde de septiembre del 2003, en que presenté el libro (en papel) en un encuentro interprovincial de escritores y poetas.
( Ver:    http://www.losandes.com.ar/notas/2003/9/23/sociedad-85830.asp )
Pero esa es otra historia. Espero que te haya gustado el libro, y si no te gustó, ojalá lo hayas dejado a tiempo, no quiero cargos de conciencia.                                                                 
                  RUBEN ANTOLÍN HEREDIA
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Abajo, fotos actuales (2010) de José Luis Pereyra, Coco Constantino, Cuacualo y Marcos Balor, algunos de los protagonistas de este libro. 
No confundir con estas imágenes tan inocentes: los cuatro (¿Cuatro o Cinco?) eran unos Sátrapas Atorrantes.
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Tarjeta que dejábamos en los Hoteles
José Luis Pereyra - 2011

El Autor y Coco Constantino -2010




El Autor y Cuacualo - 2010










El Autor y Marcos Balor - 2010


Importante: Para no perder el lugar por donde se va leyendo, recomiendo leer el libro por capítulos.  A la derecha están los enlaces que conducen a cada uno. 

DOS AÑOS DE LUCES ROJAS

Dirección Nacional Del Derecho de Autor - Expediente n° 279964
Todos los derechos reservados.
Texto autobiográfico de Rubén Antolín Heredia
Este texto y su contenido no puede ser reproducido, ni en todo ni en parte, ni registrado en, o transmitido por: un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro óptico, por
fotocopia o cualquier otro medio de duplicación, sin autorización escrita del autor.

Palabras de un amigo a manera de prólogo

Rubén:
No permitamos que Aladino frote la lámpara, seamos nosotros quienes, acariciando la copa, hagamos surgir al genio inmortal de la fantasía, y que éste, al echarse a volar, te retorne a la aurora boreal de tus sueños. Que de ellos recojas ese manantial de estrellas conque brilla la canción de tus amores; y que junto a las noches, el vino y las madrugadas prontas, vuelvan a ti esos argumentos tragicómicos que alguna vez nos tocó vivir, y que disfrutamos...
Que Eolo ponga calma chicha en el mar en que navegas, pero a la vez hinche tus velas con recio viento. Que como él, bravo y libre, elijas el camino que hace tu historia, porque sé que tendrás el valor de narrarla...

Nano Hoses

A mis primero amigos, mis hermanos Aldo y Héctor
El Autor

“ Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio“
Joan Manuel Serrat

- Dos Años de Luces Rojas – 1° Capítulo


Los recuerdos que vuelco en estas páginas estuvieron agazapados durante varios años en algún lugar de mi memoria. Allí debieron compartir el estrecho espacio con otros no menos importantes para mí. Sin embargo, a la hora de rememorar momentos felices y por sobre todo, intensos, estos hechos, ocurridos en la ciudad de General Pico, La Pampa, entre septiembre del año 1974 y fines de 1976, siempre tuvieron para mí un lugar significativo. Es sabido que la juventud implica una atracción natural hacia la aventura. En esa época, a pesar de tener sólo veinticuatro años, mi memoria ya había archivado distintas experiencias de intenso y diverso contenido, que se sumaron a las que intentaré relatar aquí. Esas emociones se fueron grabando a fuego en mi memoria, en esos momentos apuntando sólo a una utópica y lejana vejez, no al texto que hoy los contiene. Producto de haber practicado la caza menor y mayor desde muy temprana edad, tanto yo como mis hermanos, habíamos obtenido un amplio conocimiento sobre el manejo y funcionamiento de todo tipo de armas. Mi familia pasaba por una relativa tranquilidad económica que en ese entonces creíamos nos acompañaría siempre. En esa época éramos (o al menos nos sentíamos) todos inmortales y estábamos a salvo de imprevistos.
Años más tarde, quizá pensando en esos momentos en que la felicidad parece un estado natural del hombre, escribí esta frase:
“La felicidad es como una hermosa muchacha en un baile de disfraz. Generalmente descubrimos que la hemos tenido en nuestros brazos, cuando, al dar las doce, todos se sacan el antifaz. Por supuesto, en ese momento, ella está bailando con otro.”
Para graficar ese lapso de mi vida podría decir que en los años citados yo estaba bailando con esa muchacha llamada Felicidad. Podría contar también que al dar las doce la saqué al balcón, la besé y me la llevé a pasar la noche conmigo. Después, como suele suceder, ella se fue... Ya se sabe... la felicidad es mujer... y es así...
Pero esa es otra historia... En esos años yo tenía todo lo que podía pretender un joven de esa edad. Obviamente, en primer lugar y como el mayor tesoro que puede y debe valorarse en su momento (y añorarse cuando se ha perdido), tenía juventud. Ninguna preocupación seria a la vista, un vehículo, nuevo o de pocos años, para salir, algo de dinero en el bolsillo, una familia joven y con mucha salud que me apoyaba en todo, y un horizonte lejano que me decía que tenía tiempo,... mucho tiempo por vivir... Realmente era muy feliz.
No sé si este escrito llegará algún día a ser algo parecido a un libro. Comienzo a escribir con el único objetivo de salvar del olvido anécdotas y recuerdos diversos que tuvieron lugar dentro de esos dos años. Sospecho que muchos se habrán perdido irremediablemente dentro de las miles de neuronas que a esta altura han escapado despavoridas de mi cerebro.
Por tratarse de un texto autobiográfico, intentaré ilustrar aunque sea someramente, sobre esos lejano pero cercanos - según se mire - años setenta.
Cualquiera que haya llegado a conocer la Argentina del año 2.000, coincidirá conmigo en que aquellos años (Gobierno de Lanusse) eran, económicamente, buenos. Estoy, obviamente, comparándolos con los que les siguieron. A pesar de las disconformidades que permanentemente han existido y existirán, mientras seamos tercer mundo. ¿O cuarto? ¿O quinto?
La historia, una de las versiones, hablará de los grupos subversivos que se jugaban la vida combatiendo contra la corrupción del capitalismo. La frase “vender el país” estaba en todas las arengas políticas provenientes de ese sector; he leído que en ese momento no era original ni novedosa y seguramente seguirá usándose siempre. Hoy sabemos que la verdadera gran venta empezaría años más tarde, y lamentablemente en manos democráticas. Y no sería una venta, sería un remate sin base, sin respaldo (y en algunos casos sin obligación de pago) al que sólo estarían invitados los amigos del gobierno.
Otra versión, desde la vereda de enfrente, justificará la intervención de los militares que, desde el poder, arrasarían por igual con malezas y flores. Aclaro aquí que no apoyo de ningún modo al gobierno militar que dio el golpe del 76 y condeno totalmente las barbaridades que, me consta, cometieron, incluso dentro de mi familia; pero igualmente debo decir que nunca me sentí representado y mucho menos defendido por ninguna de las agrupaciones subversivas que alguna vez pretendieron llegar a gobernar el país por medio de la violencia. Supongo que los estudiantes de las generaciones venideras pasarán por alto los pormenores de esas páginas históricas y esbozarán un discreto resumen, apenas como para aprobar la materia. Es muy complicado y sangriento (y muy subjetivo) el detalle de todo lo que pasó entonces en el país. Paralelo a esos acontecimientos, la vida comercial se desarrollaba casi normalmente con un solo fantasma permanentemente al acecho: la inflación derivada de la incurable inestabilidad del dólar.
Resumiré hasta donde pueda la historia familiar que me situó en el momento y lugar de los hechos que he decidido relatar: A fines del año 1970, el negocio del momento parecía ser la instalación de canchas de bowling. En realidad lo era; si bien la inversión inicial era significativa, el margen de ganancia era amplio y las recaudaciones, al menos en un principio, importantes. En todas las grandes y medianas ciudades del país nacían de la noche a la mañana estos ruidosos y concurridos locales que nos permitían equipararnos con los jóvenes estadounidenses que veíamos en las películas, derribando palos, invariablemente vestidos con pantalones vaqueros y camisas cuadriculadas en tonos rojo y azul.

De algún modo apareció en mi familia la idea de instalar un negocio de ese tipo en Huinca Renancó, localidad del sur de Córdoba donde había nacido mi madre y yo había cursado algunos estudios un par de años antes. Hacia allí partimos y algunos meses después, más precisamente el 14 de enero de 1971, inauguramos una confitería con cuatro canchas. Inmediatamente después de esta apertura, mi padre decidió que General Pico, segunda localidad de importancia de La Pampa, era un buen lugar para continuar con ese tipo de negocios. El 20 de octubre del mismo año, abríamos allí otra confitería con seis canchas.
Mi vida, desde entonces, comenzó a desarrollarse alternadamente entre estas tres ciudades del centro oeste de la Argentina: General Alvear, Huinca Renancó y General Pico. Viajaba muy seguido y era raro que pasara más de dos días en el mismo lugar.
A mediados del año 1974 vendimos el negocio que teníamos en Huinca Renancó. Hasta entonces ése era el lugar que yo administraba y donde tenía mi residencia más estable, por lo tanto, desde el momento de la venta, quedé en cierta forma, desocupado.
"El Bosque" era y fue por muchos años una whisquería muy famosa en General Alvear. No era uno de los lugares que yo frecuentaba. Acababa de cumplir 22 años y no me parecía nada interesante, ni necesario, pagar por una sonrisa o una caricia. Una noche de domingo, mi tío Roberto (hermano menor de mi madre, de mi misma edad y ya fallecido) me presentó una amiga que trabajaba allí. La chica se hacía llamar Karina y tenía 18 años. Era morocha, muy bonita y agradable. Y lo más importante: no quería hacer ningún trato comercial conmigo.
Continué saliendo con esa chica cuando otros compromisos del mismo tipo, pero contraídos con anterioridad, me lo permitían. No entraré en detalles que en nada hacen a lo que quiero llegar, que es a cómo, cuándo y porqué, arribé a la conclusión de que instalar una whis¬quería era un buen negocio y lo principal: que yo era capaz de hacerlo.
Seguramente arrastrado por mí, otro amigo, Julio Fuertes, entró al grupo relacionándose con otra piba del mismo boliche. Osvaldo, mi primo, que entonces sólo tenía quince años, también comenzó a frecuentar el lugar a escondidas de su padre y solía acompañarnos en todas los pormenores de esas salidas.
A veces íbamos al Bosque directamente al cierre, a las cinco de la mañana. Nos acostábamos a dormir y poníamos el despertador a las cuatro y media. Por supuesto, la cara de dormidos que llevábamos desentonaba, pero nosotros estábamos descansaditos y con cuerda para rato.
Sin proponérmelo, todos los detalles que veía o escuchaba de esas chicas (que, aclaro aquí, jamás nos pidieron un solo peso) iban quedando en mi mente: Cuánto ganaban ellas, cómo se preparaban las copas, qué extraño líquido se servía en lugar de whisky, etc. Llevaba esta forma de vida nocturna paralela a una vida social y familiar medianamente normal.
Meses más tarde, ya entrado el otoño del año 74, viajé a General Pico acompañado de dos amigos. El motivo: pintar la confitería del bowling que, como dije, teníamos allí.
La primera noche, un lunes de mucho frío, junto a mis amigos, fuimos a “Marimar”, una whisquería que había abierto sus puertas hacía pocos meses. Estaba ubicada detrás del frigorífico Vizental. Sólo había dos chicas, una de ellas embarazada de siete u ocho meses. Pero era el único lugar abierto; tomamos una copa mientras escuchábamos algunas cumbias, y nos fuimos. Una semana más tarde, cuando regresé a General Alvear ya tenía firmemente instalada la idea de poner un negocio de ese tipo en General Pico.
Había hecho muchos cálculos y averiguaciones al respecto. Me atraían varias cosas, entre ellas el escaso capital invertido en los negocios de ese tipo que conocía, (que no eran muchos) el generoso margen de ganancia y la posibilidad de recaudaciones similares a las que en ese momento obteníamos con las canchas de bowling, muchísimo más costosas. Contra lo que pueda suponer algún desprevenido, adelantado o mal pensado, puedo asegurar que lo que menos me importaba era la cercanía de esas mujeres, supuestamente fáciles. (No son tan fáciles ni son para todos, ya hablaremos de eso.)

Dentro del proyecto (que, como otros, no abandonaría mi mente hasta el intento), había deducido que para el negocio familiar del bowling no era conveniente que mi nombre figurara en una habilitación municipal de un negocio de ese tipo. Eso podría quitarnos alguna clientela. En esas ciudades chicas es muy fácil desprestigiar un negocio por un de¬talle como éste, que en cualquier lugar más poblado, pasaría inadvertido.
Consulté mi propósito con mi padre, mostrándole los cálculos que mi recién adquiri¬da experiencia me permitía sacar. Mi viejo, (hoy lo entiendo al comparar la similar relación que tengo con mi hija Macarena) para cualquier respuesta referida a algún pedido de sus hijos, había olvidado la palabra “no”. Confiaba plenamente en nosotros y supongo que, más allá de los resultados, le bastaba con saber que éramos felices haciendo lo que queríamos. Alguno podrá opinar que se equivocaba; yo creo que, sin saberlo, tenía una formadísima y propia filosofía de vida que me he propuesto trasmitir a mis descendientes. La vida pasará, de todos modos, pero para el que está haciendo lo que no le gusta hacer, pasará más rápido.
Pablo, otro gran amigo que me había dejado mi tortuoso paso por la escuela secundaria, fue en ese momento el elegido para representarme en la habilitación municipal. Una mañana, en la confitería del Hotel Grosso de General Alvear, le pedí que me acompañara en ese proyecto, trabajando para mí. Él me contrapropuso que hiciéramos el negocio en sociedad. Me pareció razonable lo que alegaba y pocos minutos después estábamos de acuerdo en encarar ese negocio a medias. Uno o dos días más tarde salíamos hacia General Pico a buscar un local para alqui¬lar, preferentemente en las afueras de la ciudad.
Intentaré resumir lo arduo que fue aquello que inicialmente nos parecía tan fácil: recorrimos todos los alrededores buscando primero una quinta, luego una casa, un salón o al menos un galpón donde instalar nuestro negocio. No encontramos nada que sirviera a nuestros fines.
Decidimos intentarlo en América, localidad cercana de la Provincia de Buenos Aires. El In¬tendente en persona nos aconsejó que no lo intentáramos. Según nos dijo en confianza, el Consejo Deliberante era contrario a ese tipo de negocios y no iban a fundir con impuestos municipales creados especialmente para nosotros.
Regresamos a General Pico desilusionados y dispuestos a continuar la búsqueda en Castex o Santa Rosa. Pero al llegar, Crescencio, el encargado del bowling, nos tenía una buena noticia: Un señor de apellido Nievas tenía una quinta para alquilar por un precio que no llegaba a la mitad de lo que esperábamos pagar.
Estaba situada en las afueras de la ciudad, camino a Eduardo Castex. El total del lote cubría una su¬perficie de dos hectáreas y la vivienda estaba en el centro del terreno. Aunque en un principio nos pareció pequeña luego descubrimos que servía perfectamente para nuestros propósitos. El dueño tenía más de sesenta años y a juzgar por el aspecto de abandono que reinaba en el lugar, no iba nunca por allí. Era el mes de agosto de 1974.
Pablo y yo regresamos a General Alvear con el contrato de alquiler por dos años y un croquis de la casa. También llevábamos una recién empezada lista de cosas por comprar y hacer.
Sería largo, aburrido e innecesario enunciar todos los detalles y problemas que aparecieron en los tres meses que nos llevó dejar esa casa sin terminar, convertida en un local nocturno. Trataré de ser conciso en este resumen: De General Alvear llevamos un albañil. Se llamaba Alberto y era conocido de Pablo. Entre los tres, volteamos dos paredes interiores, convirtiendo las dos habitaciones y la sala central en un solo ambiente. Hicimos un baño completo para hombres, dividimos el existente en dos, para las chicas. Levantamos dos paredes transformando un porche en cocina, abrimos algunas puertas, cerramos otras y luego de hacer toda la instalación de agua y de luz (inicialmente la casa carecía de ambas cosas) salpicamos todo el interior y el exterior y pusimos algo más de treinta luces de colores iluminando el parque que separaba la casa de la ruta. Finalmente mandamos a hacer un gran cartel luminoso que colocamos sobre la torre del molino. En él decía solamente "Mimo’s”, al lado del dibujo de una copa burbujeante. El nombre lo sacamos de una revista, más precisamente de una propaganda de un boliche similar de la Capital.
Todos estos trabajos los realizamos entre el 15 de septiembre y el 6 de diciembre, fecha en que abrimos nuestras puertas a la noche pampeana. Mientras hacíamos el boliche, armamos una gran carpa, similar a las de los gitanos, en el amplio patio, a unos cincuenta metros de la ruta, y allí instalamos nuestras camas.
En el mes de octubre, Karina, Marisa y Mariana (nombres artísticos) desertaron de su trabajo en la Whisquería “El Bosque” y viajaron conmigo a General Pico.
Una vez allí, las instalé en el Hotel Centenario, propiedad del vasco Etchegorry, un personaje muy conocido entonces.
Diez días antes de inaugurar, Marisa se fue a Río Cuarto, su ciudad natal, con la promesa de regresar en dos o tres días. (Recién lo hizo a fines de 1975, es decir, casi un año después.)
Después de sortear varios problemas que la municipalidad se encargó de proveernos, nos encontramos con que teníamos el boliche listo, habilitado y con la heladera llena... y sólo nos quedaban dos chicas: Karina y Mariana. El trabajo y los inconvenientes citados nos habían absorbido todo el tiempo que debiéramos haber empleado en lo más importante para ese tipo de negocios: el personal femenino.
Ya estábamos resignados a abrir con esas dos chicas cuando milagrosamente el 5 de diciembre llegó Omar, un amigo de Alvear. Nos traía otra empleada de “El Bosque” que desertaba para probar suerte en La Pampa.
Se hacía llamar Martha. Ya teníamos tres. Eran pocas, pero “Marimar”, el boliche contra quien competíamos también tenía ese número, así que al menos en eso estábamos parejos. Aunque debo reconocer que en ese momento nuestras chicas eran más lindas y mucho más jóvenes; Karina tenía 18, Mariana 19 y Martha 20.
Al igual que otros detalles, el sistema adoptado para atender al publico lo copiamos de “El Bosque”, mejorando lo que consideramos conveniente.
A fin de no achicar el espacio que dejaríamos como sala principal, construimos una barra de unos tres metros, directamente contra la pared. Es decir, sin un espacio detrás. Allí, en esa pared, colocamos un gran espejo que daba imagen de amplitud. En un extremo de la barra, ésta doblaba un metro haciendo una “L” y allí había un agujero (pasa platos) de unos 40 x 60 centímetros que comunicaba con la cocina. En ese pequeño sector, detrás de ese único metro de barra real, se ubicaba el mozo listo a atender a los clientes y chicas, repitiendo los pedidos por la citada abertura a quién en ese momento estuviera encargado de servir las copas adentro. La adopción de este sistema, entre otras cosas, nos daba la posibilidad de servir cualquier marca barata de bebida sin que el clien¬te viera la botella. Del mismo modo, a la hora de pagar, el hecho de no saber quiénes, o cuántos, estaban adentro, disminuía las ganas de causar problemas. También era una ventaja la posibilidad de poder controlar con total exactitud el total de la venta, cosa que hacíamos adentro con una caja registradora. Allí, dentro de esa habitación que llamábamos cocina, se hacía todo lo que no hacían las chicas para el funcionamiento del negocio: Poner y mantener constante la música, servir y lavar copas, registrar lo vendido y, en verano, mantener la heladera llena. Cuando inauguramos esa tarea la hacíamos entre tres personas porque la actividad era mucha y la experiencia poca.
Creo recordar que el muchacho que trabajó con nosotros al inaugurar se llamaba Jorge. A los pocos días abandonó el trabajo sin avisar. Lo suplantó José Luis, un joven de 18 años. Provenía de Buenos Aires, pero ignoro por qué estaba allí, en General Pico. Estuvo varios meses con nosotros y se ganó nuestra amistad por la responsabilidad, eficiencia y prolijidad con que desempeñaba su labor. En pocos días llegó a ocuparse él solo de todos los trabajos citados como concernientes a la parte interna del negocio. Hay que tener en cuenta que la orden era no dejar que se cortara la música en ningún momento. Imagine el trabajo que en estos días hace el disc-jockey de un boliche bailable, en ese momento con discos de vinilo, (algunos en formato long play y otros en simples de 33 y 45 r.p.m.) un amplificador monoaural, marca “Ucoa”, de 40 wats, dos platos giradiscos y un “mezclador” que consistía en una cajita de chapa con dos potenciómetros. Agréguele la tarea de servir y registrar los pedidos, y luego súmele todo lo que hace un lavacopas. José Luis lo hacía todo y todo lo hacia rápido y bien. Se fue en lamentables circunstancias que detallaré más adelante.


La noche de la apertura contratamos a un mozo que había trabajado en el bowling. Vino muchísima gente; había una gran expectativa con lo que íbamos a ofrecer después de tanto tiempo de reformas.
Como un detalle que revelaba nuestro origen, a las chicas, como comprobante de las copas que iban sacando a los clientes, les entregábamos fichas de las que en Mendoza se usan para la cosecha de uva. Como ellas estaban vestidas, como es usual, con poca y sugestiva ropa, (nunca tan poca como la que hoy se ve en esos lugares) no tenían lugar para guardar esas fichas. Debido a eso, en ese momento a ellas les pareció conveniente dejárselas al mozo para que se las tuviera hasta el cierre. En el interior, donde servíamos las copas, nosotros teníamos un vaso rotulado con el nombre de cada chica. Allí cada vez que sacábamos por la ventanilla una copa de dama con su respectiva ficha, echábamos otra, llevando así doble control.
Al finalizar esa primera noche, cuando llegó el momento de pagarles a las chicas, se armó un escándalo. Todas estaban seguras de haber hecho más copas de las que figuraban en nuestro control interno. El mozo sacó un puñado de fichas de un solo bolsillo. Había mezclado las de las tres complicando el problema. Aún así, separando lo que cada una dijo haber vendido, también a él le faltaban fichas.
Para no tener problemas con las chicas en esa primera noche de trabajo, decidimos pa¬garles de acuerdo con sus cuentas. Tanto Pablo como yo, nos quedamos con la certeza de que el mozo, de alguna forma, era el culpable del enredo y seguramente el beneficiario.
Aún así, la recaudación de esa primera noche fue muy buena y nos sirvió para corregir muchos deta¬lles que creíamos tener claros. Los clientes se fueron conformes a pesar de la eviden¬te falta de chicas. Hasta ese momento nosotros conocíamos muy poca gente de ese ambiente. Esa noche comenzamos a hacer nuestros primeros amigos, y seguramente nuestros primeros enemigos.
A la noche siguiente llegamos al boliche con un plan para descubrir al mozo. A poco de abrir, Pablo se sentó en un lugar oscuro del boliche dispuesto a vigilar todos los movimientos. El mozo, en un momento dado, me pidió una cerveza por el pasa platos diciéndome que no se la registrara porque era para su propio consumo. Antes de que hubieran pasado cinco minutos, Pablo entró en la cocina con una sonrisa que decía todo: lo había descubierto. Con la cerveza que acababa de pedirme, el mozo le había servido una copa a una de las chicas, sin avisarnos a los que estábamos adentro, fichando. La chica, por supuesto, anotó mentalmente otra copa en su cuenta. El mozo le cobró esa copa al cliente y ese dinero quedó en su bolsillo. Le había salido muy bien... pero sólo por una noche.
Pablo, por el pasa platos, le alcanzó una ficha diciéndole:
- Tomá, esta ficha es por la cerveza que le serviste recién a Mariana de la lata tuya. Ya te la fichamos acá en la re¬gistradora.
No hizo falta más. Más tarde, al cerrar, mientras arreglábamos cuentas, el mozo nos adelantó que no sabía si iba a poder venir a la noche siguiente porque tenía un compromiso anterior.
Desde ese momento y por algún tiempo, Pablo se puso el saco de mozo. Durante la noche, él atendía al público mientras yo ayudaba a José Luis en la cocina. Por las tardes yo me hacía cargo de todo lo relativo a la limpieza del local, compra de las bebidas y demás cosas necesarias para el funcionamiento del negocio.

Antes de que mis recuerdos me alejen del momento que estoy relatando, referido a los comienzos de la actividad comercial, quiero hacer justicia con alguien que nos ayudó mucho en esa época, más allá de la relación la¬boral inicialmente tratada: Alberto, el albañil que llevamos de General Alvear. Se quedó con nosotros cuando terminó los trabajos citados y esperó el momento de la apertura ayudándonos en todo lo que podía. Fue nuestro primer portero. Con un saco tipo smoking, con solapa de raso, el pelo corto y su cara picada de viruela, re¬flejaba la imagen cinematográfica de un gángster de Chicago.
Creo que en este aspecto andábamos todos parejos. Pablo se dejó la barba en el mentón y el pelo largo. Yo también usaba barba o largas patillas, alternativamente. El cabello a veces demasiado largo, a veces demasiado corto.
Todos los hombres del grupo que llegamos a formar luego de la apertura, entre empleados y amigos, portábamos armas durante la noche y muchas veces durante el día. Era común entonces. Nos apasionaban las armas y hoy, haciendo memoria, veo que, repartidas entre el hotel, el auto y el boliche, llegamos a tener lo que un diario actual llamaría un verdadero arsenal: Pablo, para su uso personal, portaba un revólver calibre 38 largo. Yo solía llevar un revolver 32 marca Rubí Extra. Pero además de esas armas que, prácticamente eran parte de nuestra vestimenta, teníamos: una pistola Ballester Molina calibre 45 (que más adelante cambié por otro revólver 38), dos revólveres calibre 32 (marcas Tanque y Dos Leones), una escopeta de dos caños y otra de un caño, ambas de calibre 16, un pistolón de dos caños, calibre 12 chico, y dos revólveres calibre 22. Durante esos años, adquirí en una armería local una escopeta de repetición Battán del 12 grande, un revolver Bisonte, réplica del Colt 44, dos rifles 22 y una pistola Bersa, también calibre 22.
Aunque siguen gustándome las armas, confieso que hoy me atrae más su tecnología que su capacidad de matar.


Es posible que actuales habitantes de General Pico disientan conmigo en lo que voy a decir, pero cada uno acumula recuerdos conforme al ambiente y al horario en que se ha movido. En aquellos años, después de la doce de la noche, General Pico era un lugar inseguro, o al menos imprevisible. Y para sentirse seguro no bastaba con andar armado. Había que tener bien en claro qué actitud se iba a tomar en caso de encontrarse mez¬clado en un problema. Las peleas eran frecuentes en cualquier lugar nocturno y sacar un arma equivalía a tener que tirar. Porque seguramente su rival estaba armado. Y en ese caso no se podía dudar.
Entonces no se hablaba de "Seguridad Pública". Directamente no existía ni el término ni la seguridad. Había algunas patotas que podían encontrase a toda hora. Estaban compuestas por menores o jóvenes que rara vez pasaban los 20 años. La mayoría habían trabajado en las campañas políti¬cas de entonces y se sentían protegidos por los políticos que, según ellos, les debían el cargo.
Ninguno de los que vi detener por la policía por cualquiera de los centenares de problemas que causaban a diario, pasó más de una noche en el calabozo. En esos mismos años, a las doce de la noche, por pasar de los 40 kilómetros por hora permitidos, me demoraron tres horas en la comisaría. Por supuesto, yo no era pampeano y nadie recordaba haberme visto pegando carteles en las últimas elecciones.
Todos estos patoteros llevaban armas, algunas de grueso calibre, y no temían mostrarlas. Se sentaban a cualquier hora a tomar cerveza en alguno de los bares céntricos y dejaban las armas sobre la mesa. Si estaban de buen humor hasta podía ocurrir que pagaran lo consumido sin romper nada. Pero cuando andaban con ganas de buscar problemas, su imaginación no tenía límite. Por la noche, cuando ya no quedaban negocios abiertos, solían simular tiroteos entre ellos, de vereda a vereda. Por supuesto que en vez de apuntarse entre sí, los blancos eran automóviles o vidrieras que tenían la mala suerte de estar allí.
Al otro día la gente comentaba el tiroteo, mientras los su¬puestos protagonistas del mismo tomaban cerveza juntos, riéndose y planeando la próxima gracia.
Eran un verdadero peligro para quién se encontrara con ellos en uno de esos momentos de inspiración. Como ejemplo recuerdo lo que le sucedió a un taxista que tuvo la mala suerte de llevarlos una noche. Después de pasear a discreción por toda la ciudad, se hicieron llevar a una pizzería. Allí “invitaron” a bajar al taxista y lo hicieron sentar en la cabecera de la mesa. Cuando llegó el momento de pagar, mirándolo fijamente con un mensaje silencioso pero claro, le dijeron al mozo que él los había invitado. El taxista pagó y se retiró. Fue directamente a poner la denuncia en la comisaría. El mozo de la pizzería declaró que el hombre no había protestado, ni hecho ningún gesto que demostrara que estaba pagando en disconformidad. A los atorrantes citados ni siquiera los llamaron para preguntarles si era cierto.
Tuvimos algunos encuentros en los que, por alguna misteriosa causa, no corrió sangre. Ellos, instintivamente y desde que aparecimos, no nos querían. Nosotros tampoco los queríamos. Más adelante relataré algunos pormenores de estos encuentros.


Si bien mi intención inicial fue narrar cronológicamente mis recuerdos, puede suceder que el tiempo transcurrido haya entremezclado algunos, por lo que es posible que más de una vez deba volver hacia atrás a fin de no dejar afuera algo importante que aparezca en mi memoria inesperadamente.
Quiero dejar en claro ahora que recién voy entrando en el tema, que no pretendo, aspiro ni deseo que este texto sirva de modelo de vida. Es más, estoy seguro que sería un pésimo ejemplo y que nadie debiera siquiera intentar imi¬tarme. Un misterioso impulso, que no trataré de analizar aquí, me lleva a dejar registrado el modo en que gaste esos dos años de mi vida. Además de las múltiples enseñanzas que me dejaron las experiencias vividas, hoy veo que logré lo que en ese momento quería: vivir intensamente cada segundo. Algunos de mis amigos y compañeros de esa época viajaron a Estados Unidos a lavar copas o se fueron de mochileros a Barilo¬che. Hubo quienes se decidieron a estudiar y lograron un título universitario que hoy los sitúa en una sólida posición social y económica. Otros abrazaron las ideas políticas de moda e ingresaron a alguna de las agrupaciones de izquierda que más tarde entrarían en la clandestinidad con los resultados por todos conocidos. Algunos entraron a trabajar en la municipalidad o en los bancos locales y se casaron por la iglesia con su primera novia. Pero yo quería otra cosa: me atraían las emociones fuertes o al menos, distintas. Por ejemplo, me fascinaba, y aún me apasiona, la caza mayor de riesgo. Esperar toda la noche, solo, dentro de un pozo, en medio del campo, a un jabalí de mal humor y largos colmillos. Me gustaba viajar a alta velocidad tratando de bajar mi propio tiempo promedio entre dos puntos. Me atraía el peligro, la excitación y la seguridad que da el llegar al punto de sentir miedo y pasar por encima de ese miedo. Quizá fue detrás de esa emoción que decidí instalar una whisquería. Quería zambullirme en ese mundo, para algunos sucio. Aún sabiendo de antemano que ése no era mi lugar, quería conocerlo y analizarlo desde adentro. Lo hice, y dos años después, emergí, regresé, casi, casi... limpio, pero con una cuantiosa e invalorable carga de vivencias y experiencias incorporadas a mi memoria.
Fue una aventura más. Sólo eso. Ni yo era para ese ambiente, ni ese ambiente era para mí. Pero la única forma de saberlo era entrando en él.

Antes de abrir ese boliche, nuestras incursiones en la noche piquense nos habían da¬do indicios de lo bravo que se presentaba el futuro para nosotros. Sabíamos que nos estábamos metiendo en algo peligroso y que tendríamos que enfrentar situaciones en las que nuestra actual preparación no nos serviría de mucho.
En este tipo de negocios, el que está al frente debe mantener una amenaza latente sobre cada cliente que entra. Debe quedar siempre bien claro quién manda dentro del salón. Claro para los clientes... y para las chicas. Pero eso lo dejaré para más ade¬lante.

2° Capítulo – páginas 10 a 20

Sigo con lo que decía: El cliente que se gasta hasta el último peso inten¬tando conquistar a una mujer que cada vez le pide más de beber, a cambio de una sonrisa y, con suerte, alguna caricia atrevida, puede llegar a sentirse muy mal; muy enojado. Pero no centrará su bronca en la mujer ni en sí mismo. Se sentirá enojado con el dueño, que es quién le ha ido sacando el dinero copa a copa. La amenaza latente de la que hablé debe ser tal que frene ese impulso natural de causar algún problema. En otras palabras y en los términos de ese ambiente: el dueño debe parecer "pesado”. Es más, lo ideal es parecerlo y, además, serlo. Nadie debe intentar una pelea con el dueño. Éste debe aparentar ser muy peligroso e imprevisible. Siempre debe ser, a los ojos de los clientes, un tipo “al que hay que respetar”, un tipo que "va al frente", "que se las aguanta", que, llegado el caso, “es capaz de matar".
Eso queríamos y debíamos parecer nosotros para trabajar tranquilos. La verdad es que por naturaleza, los dos ya éramos bastante inconscientes. Pablo era muy veloz para pelear y no retrocedía ante nadie. Y yo, como ya dije, confiaba plenamente en mi gran experiencia en todo tipo de armas y en ese momento, con una de ellas en la cintura, me sentía capaz de entrar en el tugurio más peligroso. Por supuesto, dada la ocasión, ambos teníamos la correspondiente dosis de irresponsabilidad como para apretar el gatillo sin pensar en las consecuencias. En las conversaciones con clientes y nuestros nuevos amigos locales, exageramos un poquito estas “cualidades” y nos fuimos creando una fama ficticia que sorprendentemente nos dio muy buenos resultados y nos evitó muchas peleas. Creo que con el tiempo fuimos adaptándonos a esa personalidad artificial y nos convertimos en algo muy parecido a lo que pretendíamos parecer al comenzar. Sólo así me explico hoy las riesgosas situaciones que enfrentamos en esos dos años en La Pampa.

Las primeras semanas fueron de mucho trabajo y de gran competencia.
Los clientes venían de Marimar, el otro boliche, y se notaba que nos estaban comparando. Teníamos una desventaja grave para empezar: de nuestras tres chicas sólo Mariana aceptaba salir (léase comercio sexual) con un cliente a la hora del cierre. Karina no quería ese tipo de negocios porque se consideraba mi mujer y a pesar de que nunca me preguntó si me importaba, quizá ocultas esperanzas de un futuro a mi lado la llevaban a negarse a salir con un cliente. Martha acababa de empezar su ro¬mance con Pablo y seguramente por idénticas razones tampoco quería negociar con nadie.
Esto nos quitaba credibilidad como whisquería. El cliente de estos boliches necesita saber que existe la posibilidad de salir con la chica que lo está esquilmando y desquitarse en una ca¬ma o en un automóvil, por tanto dinero gastado. Que pueda o quiera comprar esa probabi¬lidad es una cuestión aparte, pero la posibilidad debe existir.
En ese entonces, al igual que hoy, existían algunas casas denominadas “pases”, donde, como la palabra lo indica, el cliente llegaba y con poco preámbulo, pasaba a una habitación con una chica. Sin música ni copas y a veces sin una simple silla en donde esperar su turno.
Las mujeres que trabajaban en whisquerías y/o cabarets ejercían obviamente la prostitución, pero el comercio sexual no era, como hoy, condición “sine qua non” para poder trabajar. He conocido algunas que, pidiendo un precio desmesurado por sus servicios, se reservaban el derecho de conformarse con lo ganado con el porcentaje de sus copas. Casi siempre para terminar la noche en brazos de un “garrón”, como se denomina a los “novios” que invariablemente aparecen en la vida de estas chicas. A veces para su bien, cuando finalmente las sacan de esa vida y otras veces, la mayoría, para terminar administrando y compartiendo su dinero.
Hoy, las whisquerías, cabarets, casas de masajes, saunas y pases se confunden en una mezcla sólo identificable por el cartel que el dueño decida poner en el frente. En realidad hoy todos esos negocios son “pases con música y tragos”, con una habilitación municipal.


Tanto Pablo como yo, tratábamos de ocultar la relación que teníamos con nuestras mujeres, aunque sólo yo lo logré medianamente. Martha no estaba dispuesta a disimular nada y por el contrario abrazaba y besaba a Pablo delante de los clientes y almorzaba y cenaba con él en los restaurantes. A pesar de todo, por tener una buena figura, Martha trabajaba a la par y muchas veces mejor que las otras. Por supuesto que ni Pablo ni yo, teníamos ninguna objeción a que ellas ejercieran con normalidad todas las alternativas del trabajo que habían elegido como medio de vida.
Sabíamos que en ese momento, por este detalle, los dueños del otro boliche, nos criticaban y nos auguraban poca vida.
En aquellos años, dada la hora en que nos acostábamos, casi siempre cuando el sol ya había comenzado a asomar, dormíamos hasta el mediodía y muchas veces más tarde. Cuando tenía que ir a depositar dinero al banco, solía quedarme despierto hasta que éste abría. Almorzaba generalmente un sándwich tostado de jamón y queso o algo liviano en algún bar del centro y a la siesta iba al boliche a limpiar y a controlar la existencia de hielo, bebidas, etc. para la apertura de esa noche.
José Luis, nuestro empleado multiservicio, a poco de entrar a trabajar se mudó al boliche, a una habitación de dos metros por cuatro que también nos servía de depósito de mercaderías y que estaba separada de la cocina por una cortina.
Ya adelanté que José Luis era un ser humano excelente, muy responsable y capaz en el trabajo y sobre todo muy sano de espíritu. Lamenté muchísimo que se marchara en las condiciones en que lo hizo.
No puedo precisar cuánto tiempo estuvo trabajando con nosotros, pero es posible que haya pasado a nuestro lado todo el invierno del 75 porque lo recuerdo con un largo sa¬co de cuero que se compró cuando llegaron los primeros fríos.
José Luis, como dije, comenzó a vivir en el boliche. Martha, la mujer de mi socio, también quería vivir allí. Algo tenía que pasar.


En ese tiempo había ingresado Marcos a nuestro grupo. Era un joven fotógrafo que comen¬zó sacándonos fotos a nosotros y a las chicas. Luego, seguramente atraído por alguna de ellas, tomó una pieza en nuestro hotel hasta que la cuenta del mismo llegó a la mayoría de edad.
Al principio yo no lo aceptaba mucho y lo trataba con cierta frialdad y distancia, pero luego, con el correr del tiempo, llegamos a tener una gran amistad que seguramente perdura hasta el día de hoy, a pesar de que hace algunos años que no nos vemos.
Desde General Alvear, a principios del año 1975, llegó Hugo, otro habitante de la noche alvearense. Al igual que sucedió con Marcos, Hugo también llegó a ser un gran amigo y compinche.
Tanto Marcos como Hugo tuvieron distintos pro¬blemas con José Luis. Discusiones, desencuentros y enfrentamientos que iban minando la relación. Sin embargo, para mí José Luis era intocable. No era un tipo problemático. Creo que lo que causaba los problemas era su personalidad, distinta al común de los moradores de la noche. Comparado con Marcos o Hugo, se veía algo inocente o ingenuo y quizá demasiado serio. Eso hacía que ellos no lo terminaran de entender.
Una noche en que yo había viajado a General Alvear, Marcos, por alguna causa que no recuerdo, se agarró a trompadas con José Luis. Pablo, con el asesoramiento “desinteresado” de Martha que, como dije, quería vivir en el boliche, decidió que éste último tenía la culpa y lo despidió.
José Luis vivía entonces con una de nuestras empleadas, llamada en el ambiente, Veroushka. Supe después que antes de irse junto a ella, José Luis quiso ha¬blar conmigo. Yo regresaría recién al día siguiente. Nunca sabré porqué no esperó un día más antes de irse hacia algún lugar del sur. Reconozco que por ética y fidelidad yo jamás habría intentado cambiar la decisión de Pablo. Pero quizá hubiera podido darle trabajo en el bowling, o podría haberlo recomendado en alguno de los tantos lugares gastronómicos donde yo era ampliamente conocido como cliente y amigo.
Nunca más tuve noticias de él. Me queda hasta hoy la sensación amarga de que, en cierta for¬ma, con mi ausencia, facilité la injusticia que, a mi entender, se cometió con él. Vaya desde a¬quí mi desagravio y mis deseos de suerte en la vida.


Pablo y Martha se mudaron al boliche y Marcos comenzó a trabajar en el lugar que quedó vacante.
Pero no nos adelantemos en el tiempo. Regresemos a principios del año 1975 que aún queda mucho por contar.
A los dos meses de abrir seguíamos teniendo las tres chicas iniciales. Necesitábamos con urgencia aumentar ese número. Noche a noche llegaban clientes con aspecto de tener plata y se iban sin haber podido ni charlar con una de las chicas.
Pablo recordó que tenía el teléfono de una señora de Buenos Aires que era quién enviaba chicas a la whisquería “El Bosque” de General Alvear. Decidimos llamarla una mañana y ella prometió mandarnos dos o tres esa misma semana.
Esa tarde Pablo estaba en el hall del hotel charlando con el encargado cuando sonó el teléfono. Desde una de las habitaciones del primer piso alguien so¬licitaba una comunicación telefónica a Buenos Aires. El encargado, tal cual se hacía entonces, anotó el número en un papel. Luego se lo transmitiría a la telefonista. Pablo reconoció ese número. Era precisamente el de la señora de Buenos Aires que esa mañana había prometido enviarnos chicas.
Sospechando algo raro le pidió al encargado que le dejara es¬cuchar la conversación. La que habló fue Mariana. Le dijo a esta señora que no enviara ninguna chica, que se trabajaba muy poco, que nosotros no les pagábamos, que las tratábamos mal, etc.
Averiguamos que en ese momento, en la habitación de Mariana, estaban las tres chicas juntas. Era un sabotaje organizado y apoyado en conjunto. Decidimos es¬perar a la noche mientras pensábamos qué hacer.

Cuando llegamos al boliche, pasadas las once, las chicas entraron al salón y como de costumbre se dirigieron al baño a cambiarse la ropa. Pablo, mi primo Osvaldo (en ese entonces con recién cumplidos 16 años) y yo, nos quedamos en la cocina.
Mandamos a Osvaldo a buscar a Mariana. Cuando ella entró, Pablo la llamó hacia la ha¬bitación contigua.
Osvaldo quedó encargado de cuidar la puerta a cualquier precio, es decir, con permiso para pegar a quien intentara entrar.
No recuerdo el diálogo entre Pablo y Mariana. Dada la situación actual habíamos acordado que la recriminaría sin llegar hasta el extremo de tener que despedirla. Sin embargo, alguna respuesta de ella cambió los planes. Aún me parece estar viendo cuando, luego de una corta discusión, él le pegó una cachetada. Ella se la devolvió instantáneamente con más fuerza y la misma puntería. Las otras chicas que, a pesar de la música, permanecían atentas en la sala, quisieron entrar a defenderla. Osvaldo, siguiendo precisas instrucciones, le dio un cachetazo a la primera que asomó y apenas alcanzó a trabar la puerta con riesgo de perder su cabellera en alguno de los manotones que lo buscaban. Enfurecidas, empujaban y patea¬ban la puerta a la vez que les adjudicaban su propio oficio a nuestras madres.
A todo esto, Mariana, después del intercambio de cachetadas, se había agachado apoderándose de un sifón de vidrio lleno. Con Osvaldo decidimos que no era una pelea pareja... y entramos a defender a Pablo. Luego de una ardua lucha en la que debimos intervenir todos, los separamos y logra¬mos quitarle el sifón antes de que estallara con resultados imprevisibles. Finalmente con puteadas recíprocas y simultáneas de ambos grupos, tuvimos que echarlas a las tres. Se fueron caminando por la ruta rumbo a la ciudad.
Pablo presentaba las huellas de la lucha en sus mejillas enrojecidas. También se tomaba de su entrepierna acusando alguna patada indecente.
Cuando nos quedamos solos empezamos a calcular las consecuencias que lo sucedido podría traernos y decidimos tomar precauciones.
Minutos después, luego de haber recorrido un camino lateral que nos llevaba al centro sin pasar junto a las chicas, Pablo y yo nos presentamos en la comisaría.
Le dijimos al oficial de guardia que habíamos tenido que despedir a las tres empeladas que teníamos porque lisa y llanamente querían ejercer la prostitución en nuestro local y nosotros no estábamos de acuerdo con ese tipo de cosas que, sabíamos, violaban la ley poniendo en riesgo nuestra habilitación. Además, le pusimos sobre aviso que ellas habían prometido vengarse, por lo que no debía extrañarse si aparecían intentando formular alguna denuncia contra nosotros.
El oficial nos dijo que nos fuéramos tranquilos, que si ellas aparecían por allí, dormirían en el calabozo.
Con el estado de nerviosismo lógico de una situación semejante, nos fuimos a terminar la noche en el bowling.
Pero la noche, valga la redundancia, recién empezaba.
A poco de llegar, un tipo que estaba jugando (y bebiendo) empezó a tener problemas con las bochas. Le salían mal los lanzamientos y comenzó a insultar. Eso es una cosa normal así que no le dimos importancia hasta que, luego de un bochazo pésimo, dijo:
- ¡La puta que lo parió al bowling... y al dueño del bowling también!
En realidad, yo no alcancé a entender muy bien lo qué había dicho, pero Pablo, que estaba más cerca, lo escuchó. Nuestra sensibilidad, ya dije, en esos momentos, era extrema. Saltó sobre la cancha y lo tomó con una mano del cuello mientras con la otra lo amenazaba. Yo, sin saber el motivo, corrí a separarlos pero, en el for¬cejeo, Pablo me explicó lo que el tipo había dicho de mí, a la vez que me lo dejaba en plena lucha para que yo me tomara justicia.
Nunca me gustó pelear a distancia, me parece que es dar demasiada ventaja a un adversario medianamente entrenado o con conocimientos de artes marciales. Sin embargo, siempre supe que poseía bastante fuerza como para lastimar seriamente si una de mis manos alcanzaba a pegar o al menos a agarrar. Instintivamente lo tomé de ambos brazos impidiendo que pudiera lanzarme una trompada. Luego de un corto for¬cejeo, sin soltarnos y esquivando ambos los cabezazos que nos lanzábamos, él giró y quedó detrás, apoyado en mi espalda. Me agaché violentamente a la vez que tiraba con todas mis fuerzas de sus brazos hacia abajo. Lo sentí pasar volando por encima e inmediatamente oí el cabezazo contra el piso de granito.
Quedó desvanecido. Lo primero que pensé era que se había matado. Después de lo que había ocurrido con las chicas puede calcularse cómo me sentía. Era justo lo que necesitaba para terminar una noche trágica.
Mientras lo sacaban alzado para llevarlo al sanatorio, (despertó doce horas después y quedó dos días internado en observación) llegó un automóvil y se estacionó enfrente. En él venía mi hermano Héctor y otro amigo de Alvear. Iban hacia Buenos Aires a comprar telas y ropa. En pocos minutos decidí viajar con ellos esa misma noche a intentar personalmente traer algunas chicas. No quise esperar a la mañana siguiente. En ese momento ya eran dos las posibilidades de ser denunciado en la policía. Osvaldo, que entonces vivía en la Capital, de¬cidió acompañarnos.
Mientras preparaba algo de ropa en mi habitación del hotel, escuché que llamaban tími¬damente a la puerta. Era Karina. Venía a pedirme perdón, pero apenas empezó a hablar le interrumpí con el odio lógico que en ese momento sentía por su traición. No voy a detallar aquí las palabras que use para echarla de mi habitación, pero reconozco que fui bastante ácido y terminante. Le cerré la puerta en las narices y terminé de preparar la ropa que iba a llevar. Nunca pude perdonarle el haber participado de esa traición.

Unos días después regresé de Buenos Aires. A pesar de haber recorrido varios representantes dedicados a ese rubro, sólo había conseguido promesas de algunas chicas que nunca llegaron. Pensa¬ba encontrar el boliche cerrado, pero apenas llegué, Pablo me dijo que solamente Martha, su mujer, se había ido de la ciudad. Mariana y Karina, arrepentidas, le habían pedido perdón, y él, en ese momento más tolerante que yo, pero, además, consciente de la gravedad de nuestra situación, las aceptó nuevamente. De no ha¬cerlo podía ocurrir que ellas comenzaran a trabajar para nuestra competencia, con resultado catastrófico e irreversible para nuestro local.
Por otra parte, el día antes, llamada por la providencia, había llegado Vivi. Una jovencita delgada, de cabellos cortos que también desertaba de “El Bosque” de General Alvear, con lo cual Nilda, la dueña de ese local, multiplicó geométricamente el odio que ya sentía hacia nosotros.
Otra vez teníamos tres chicas.
Supe también, para mi tranquilidad, que el tipo que había quedado herido en la pelea del bowling, estaba fuera de peligro y la policía al parecer no se había enterado de nada.


He llegado a una parte del relato donde aparecen escenas de violencia de las que forman parte las chicas. No intentaré justificarme, sólo trataré de hacer entender a un posible lector que en estos momentos esté tentado de adelantar un juicio lapidario sobre nosotros, que las relaciones con las mujeres de la noche difieren en algunos detalles a lo que uno pueda entender como normal. Me refiero al trato hacia ellas y de parte de ellas hacia uno. Las mujeres que entran en este mundo pueden llegar a ser gran¬des amigas y de hecho lo han sido conmigo. Sé que hoy me recuerdan con el mismo cariño que yo guardo hacia ellas. Pero puestas en la vereda de enfrente, como enemigas, pueden llegar a ser terribles, porque no se detienen ante nada.
Quién pretenda, no dominarlas, (eso es imposible y va contra todo principio) pero sí administrar o simplemente dirigir su trabajo desde la barra de un boliche, deberá demos¬trar previamente que está capacitado para ese cargo y que su don de autoridad no es gratuito ni le queda grande.
Para quién aspire a ocupar otro escalón en este negocio y ser su cafisho, fiolo, cara lisa o marido, los riesgos son mayores. Una mujer de la noche puede darle a su hombre el cien por cien de su ganancia a cambio de buen sexo, un lugar donde dormir, algo de comida y, opcionalmente, una simple y apenas insinuada promesa de un mañana compartido. Ella puede matar por defenderlo. Pero tam¬bién será capaz de sacarle los ojos con una tijera o de prenderle fuego a la habitación, mientras él duerme, si lo descubre engañándola con una compañera de trabajo.
Como dije, es posible que un lector apresurado, sin mucho conocimiento del tema, pueda sentirse autorizado a analizar y calificar nuestro proceder con distintos calificativos de carácter desfavorable. Si quien lee es una mujer, esta evaluación puede llegar a ser pésima. Desde afuera de este ambiente, quizá se vea así. Es muy fácil caer en frases hechas que, a mi entender, intentando defenderla, degradan a la mujer; porque la colocan en la misma situación que un discapacitado. Y le puedo asegurar que no cualquiera discute con una mujer de la noche.
Yo quisiera ver a uno de esos psicólogos de televisión llamar a una de estas chi¬cas para hablar de alguna situación enojosa en privado, y ver cómo reacciona cuando ella, medio borracha, le pega una cachetada, una patada en los testículos, lo escupe o le tira a la cara la bebida que está tomando. Ignoro cómo actuaría hoy yo, si me encontrara ante una situación similar. Pero reconozco que en esos años, ese tipo de decisiones quedaba a criterio de mi instinto. Éste, almacenado en el más antiguo y recóndito rincón de mi encéfalo, sin consultar con el resto de mi cerebro, sólo dictaminaba la aplicación de un riguroso correctivo. (Léase: una buena cachetada) Sin embargo existe y siempre existió otra salida pacífica: abandonar ese tipo de actividad y dedicarse a otra cosa.
Que nadie se confunda, yo no considero que las mujeres de la noche sean inferiores en ningún aspecto. Las considero distintas, no por la profesión que han elegido, sino por la fuerte personalidad y la temprana madurez que la vida nocturna, con to¬das sus alternativas y sacrificios, va dejando en ellas.
Salvo raras excepciones terminan siendo excelentes esposas y madres. Conozco varios casos y sinceramente felicito a quienes han sabido encontrar en ellas los verdaderos valores que, en una mujer, deben tenerse en cuenta por encima de su pasado.


Cambiemos de tema y retornemos a la historia.
Una tarde en que estaba almorzando un sándwich en el barcito de una estación de servicio céntrica, me llamó un taxista que acababa de estacionar su auto a pocos metros de allí.
En el interior del taxi estaba una chica que quería hablar conmigo. Era Pa¬tricia. Venía de Villegas, provincia de Buenos Aires. No recuerdo si me dijo cómo había sabido de nuestro boliche ni las causas que la llevaron a dejar el lugar don¬de trabajaba hasta la noche anterior. Pero allí estaba y era bienvenida a nuestro grupo.
Era algo gordita pero tenía una cara muy bonita y era muy, muy trabajadora den¬tro - y fuera - del boliche. Le gusta¬ba mucho el dinero y sabía cómo ganarlo. Era una verdadera profesional y un excelente ser humano.
A los pocos días, una amiga de Patricia, también del mismo boliche de Villegas, llegaba a engrosar nuestras filas.
Así, poco a poco y casi sin esfuerzo, fuimos aumentando la cantidad de chicas.
Llegaron así, de una en una, a veces de dos en dos, y hoy la memoria no me permite asegurar quién lo hizo primero por lo que omitiré en lo posible esa información. Cuando descubra que he incorporado al relato el nombre de alguna desconocida con algún valor protagónico agregaré los datos que recuerde de la misma.
El máximo de chicas que llegamos a tener fue trece y el mínimo, dos.


Quiero agregar aquí algo más sobre la forma en que atendíamos al publico. Cómo dije oportunamente, todas las copas salían servidas desde el interior de la cocina por el citado pasa platos. En nuestras reiteradas visitas a El Bosque, entre otras cosas habíamos aprendido que en lugar de whisky se podían vender otras bebidas similares, en ese entonces mucho más económicas. Había algunas de gusto muy parecido, (todavía suelo verlas en las estanterías de los supermercados) por una cuarta parte del valor de una botella de whisky genuino. Esta bebida, (la falsa) junto a la cerveza en lata y la gaseosa cola, eran prácticamente la base de la consumición y, junto al hielo, lo primero que controlábamos en la existencia de mercadería. Todas las tardes rellenábamos entre cuatro y seis botellas de whisky, algunas de las cuales ya mostraban desteñidas etiquetas que, gracias a la escasa luz, pasaban desapercibidas. Para nuestros amigos más cercanos y para consumo interno, teníamos aparte algunas botellas de buena marca sin rellenar.
La lata de cerveza nos rendía entre seis y ocho copas de dama. Servíamos estas copas dejando caer el chorro desde una altura de cuarenta o más centímetros. Por supuesto, el vaso quedaba lleno de espuma. La chica sólo debía dejarlo reposar unos minutos, tomar dos centímetros de cer¬veza y luego, mostrando el vaso vacío, pedir otra. Si tenemos en cuenta que la cerveza de dama costaba el doble que la copa mínima de dama, y a su vez ésta equivalía al doble de la copa común de caballero, podemos deducir que la cerveza dejaba una buena ganancia.
La sidra y el champaña también se cobraban muy bien. Creo recordar que con una sola si¬dra que vendíamos nos alcanzaba para comprar de doce a quince botellas. A esto debo agregar que muchas veces vendíamos la misma sidra tres o cuatro veces, incluso al mismo cliente.
Aunque parezca increíble hay clientes que no controlan si la botella que les traen a la mesa está llena. Esto se debe a que generalmente los hombres toman whisky o alguna otra bebida de más graduación. Es decir, le pagan una sidra a la chica que está con ellos con la ilusión de tenerla más tiem¬po a su lado. Pero para eso están las otras chicas que, invariablemente, se le acercan, vaso en mano, a pedirle que les convide un traguito, a la vez que saludan con un beso a "ese tipo tan simpático que sí sabe divertirse en grande".
Lógicamente, el que paga una sidra o un champagne no debe esperar piedad para sus bolsillos. Ha probado que tiene algo de dinero y só¬lo cuando demuestre que ya lo ha gastado, será dejado en paz... y solo.
Para explicar cómo puede venderse al mismo cliente la misma sidra más de una vez, relataré un caso que tuvimos con un muchacho de Eduardo Castex que, según dijo al llegar, venía de ganar en una partida de dados.
Martha lo agarró apenas entró. Enseguida pidió una sidra que Pablo se apresuró a servirle. A los cinco minutos, Martha pidió otra, "para brindar con las chicas”, ya que, “casualmente”, recordó que era su cumpleaños. Después fue otra, y otra, hasta que, con José Luis, descubrimos que las botellas que regresaban a la cocina tenían líquido hasta la mitad. Empezamos juntando sobrantes en una sola botella y poniéndole un corcho. Luego batíamos bien la botella y se la pasábamos a Pablo en un balde con hielo y envuelta con su respectivo repasador. Luego, en un intento de darle más presión, agregamos algo de soda al líquido. Llegó a tal punto la reventa del mismo brebaje que en una ocasión, Pablo, al destapar la botella se encontró que no tenía nada de presión y el corcho salía sin el tradicional "plot". El tipo, dentro de su nube privada, lo estaba mirando, así que Pablo, para completar la ceremonia no tuvo mejor idea que hacer con la boca el "plot" que faltaba... y listo. El tipo sonrió y siguió fes¬tejando.
Habían entrado muy pocos clientes antes de la llegada de este muchacho. La noche apuntaba a una escasa recaudación y el sueño comenzaba a acecharnos a todos. Pero este negocio es así, media hora antes de cerrar, con un solo cliente bueno, se salvan los gastos de todos y la noche se transforma en excelente.

3° Capítulo – páginas 20 a 30

Con Karina las cosas andaban mal. Ella, después del episodio relatado, había empezado a aceptar que su nombre no figuraba en las páginas de mi futuro. Aunque yo nunca le había dado esperanzas al respecto, tampoco le cerraba la puerta cuando venía a mi habitación a dormir conmigo. Las noches pampeanas suelen ser muy frías.
De todas formas, estoy seguro que nada de lo que yo hacía hasta ese momento justificaba las barbari¬dades que empezó a hacer intentando, tal vez, llamar mi atención..
La primera vez, sin una pelea o discusión previa que pudiera anticipar nada, se tomó varias pastillas para dormir. Su compañera de habitación nos avisó y la llevamos al sanatorio totalmente desvanecida. El médico de guardia le puso una inyección y nos tranquilizó diciéndonos que no moriría. Sólo dormiría varias horas hasta que se le pasara el efecto.
De todas formas nos dijo que ella debía quedar internada en observación. Salió de la sala de guardia a bus¬car a la enfermera para que le diera una cama.
Pero una cama en un sanatorio privado nunca fue barata para estar en observación, con un diagnóstico de fuera de peligro. El médico se había alejado unos cinco metros por el pasillo y ya estábamos cargando a Karina nuevamente al asiento trasero de mi auto. Luego de dejarla convenientemente acostada y arropada en su cama del hotel, nos fuimos a trabajar. En ese momento, a nosotros nos bastaba con saber que no moriría.
La segunda vez, la cosa fue un poco más lejos: tomó pastillas y, además, para reforzar la idea, se cortó las venas. Por supuesto, el corte fue muy superficial y apenas alcanzó para, después de mucho refregar, manchar un poco la almohada. Las pastillas ingeridas, como la vez anterior, sólo alcanzaban para dormir una larga siesta.
Osvaldo fue quién la encontró, a las once de la noche, cuando estábamos por salir hacia el boliche. Yo estaba en el hall del hotel, esperando que bajaran los que iban conmigo al boliche, cuando me llamó por teléfono des¬de el aparato situado en la mesa de luz de Karina. El diálogo fue más o menos así:
- ¿Rubén? ¿Podés subir a la habitación de Karina?
- ¿A qué? Decile que se apure...
- Es que... se suicidó otra vez...
- ¿Otra vez? ¿Qué hizo ahora? ¿Tomó pastillas?
- Sí, pero parece que también se cortó las venas.
Subí las escaleras y entré a la habitación. Ella estaba en la cama, boca arriba y durmiendo. (O al menos aparentando dormir) La mano derecha colgaba de la cama lucien¬do un pequeño corte o raspadura al cual, con mucho trabajo había logrado sacarle algunas gotas de sangre que ensuciaban la almohada a la derecha de su rostro. Estaba claro que sólo quería llamar la atención. Probablemente tampoco había to¬mado todas las pastillas que faltaban del frasco. (Estaba vacío y volcado sobre la mesa de luz) De todas formas el cuadro era impresionante para cualquiera que no la cono¬ciera como yo. En esos años una foto con esa imagen hubiera sido comprada inmediatamente por las revistas “Así” o “Ahora”.
Le tapé la cara con una sábana de la otra cama y le dije a Osvaldo en voz alta y clara:
- Vamos al boliche. Si cuando volvemos está muerta, no vamos a decir nada hasta la mañana, así los milicos nos dejan dormir tranquilos.
Y nos fuimos.
Después deduje que ella, si hubiera podido oírme, bien podría haberse matado de verdad. En fin,... por suerte no lo hizo. Hubo muchos otros episodios de borracheras, ataques de nervios y diatribas olvidables sobre el mismo tema, pero como muestra, baste con lo relatado.

Una de aquellas noches, mientras Pablo tomaba un whisky y yo una ferro quina con hielo, entre la música y las risas, éste me dijo:
- Mañana viene Martha. Se baja del colectivo en Castex.
Fue la primera noticia que tuve de que él, después del problema citado, había vuelto a saber de Martha. Aunque Pablo no había vuelto a nombrarla, ella había seguido estando presente.
Llegó por la noche. Pablo la fue a buscar en mi auto y todo siguió entre ellos como si nunca se hubieran separado.


Agregaré algunas líneas sobre Hugo que, en algunas anécdotas citadas en las páginas siguientes, fue uno de los principales protagonistas.
Hugo, como he dicho en páginas anteriores, era de General Alvear. Hoy vive en General Pico, está casado y tiene varios hi¬jos. Me ha pedido que no incluya su nombre real y así lo he hecho. En aquel entonces llegó a General Pico por su amistad con Vivi. Andaba, como tantos, a la deriva, sin trabajo fijo, simplemente disfrutando de la vida. En esos años todavía se podía vivir así.
Al poco tiempo ya éramos, al igual que con Marcos y José Luis, grandes amigos. Con Pablo la amistad venía de la infancia y lógicamente era más fuerte, pero éste vivía con Martha y rara vez salía con nosotros, por lo que la complicidad con es¬tos recién adquiridos amigos se acrecentó.
Hugo llegó a ser mi mano derecha. Era incondicional. Capaz de hacer cualquier cosa y de prenderse en las más increíbles locuras solamente a cambio de un rato de risa. Hugo y mi primo Osvaldo fueron los únicos con quién llegué a compartir mi habitación del hotel. Siempre busqué la privacidad de tener una lugar exclusivo para mí. No solamente por la ventaja que representa ante la posibilidad, siempre vigente, de recibir alguna visita femenina; en mi caso era importantísimo para poder dormir tranquilo. Siempre he tenido el sueño muy liviano y aún hoy me despierta el más leve ruido. Hugo empezó a dormir en mi habitación a raíz de haber sido expulsado de la que ocupaba con una de las chicas del boliche. Se suponía que en ese momento sólo buscaba un domicilio transitorio. Luego el drama pasional que lo trajo se agudizó y perdió toda posibilidad de regresar. Como dije, era tan pierna, tan compinche, que lo acepté allí como a mi herma¬no o mi primo Osvaldo.
Cuando volvíamos del boliche, a la madrugada, (en invierno poco antes de que saliera el sol y en verano directamente de día), Hugo salía a recorrer las piezas de las chicas que, como era costumbre, tomaban mate y desayunaban antes de acostarse. Era común que no regresara a dormir a nuestra habitación, aunque también solía suceder que yo le pidiera que, al menos por unas horas, me dejara solo con alguna oportuna visita.
En ese primer piso del hotel Centenario se alojaban todas las chicas de la noche; las de nuestro boliche y, además, todas las de nuestra competencia. Pablo vivía en pareja con Martha, en el boliche, Alberto se había ido a probar suerte a Santa Rosa y Marcos tenía su casa en esa ciudad, así que los únicos del sexo masculino autorizados para esta allí a toda hora, éramos en esos momentos, Hugo y yo. Siempre listos a cubrir cualquier necesidad.
Hugo era algo morocho y relleno. (Sigue siendo algo morocho pero ahora se pasó de relleno, hace tiempo que dejó atrás los cien kilos.) Era muy prolijo y limpio y al igual que yo, se arreglaba con cualquier cosa para comer... o para lo que fuera. Siempre dispuesto a reír y a hacer alguna travesura para divertirnos. Juntos hicimos grandes macanas de las cuales puede que me atreva a contar alguna aquí.

En Mendoza se acercaba la temporada de cosecha. Martha Y Pablo viajaron a General Alvear por motivos que hoy han escapado de mi mente. Regresarían algunos meses después. Toda la atención del boliche quedó desde entonces a mi cargo. De día, los trabajos que hacía habitualmente, y de noche, servir al público y dirigir el resto de los detalles relacionados con el funcionamiento del negocio.

Llegó el mes de Marzo. El trabajo se había estabilizado. No teníamos problemas con las chicas. Habíamos adquirido la experiencia necesaria para movernos con más tranquilidad y todo parecía marchar sobre ruedas.
Entonces comenzó a llover...
Sí, parece una frase más, pero nótese que sólo dije "comenzó". Porque no paró más. Llovió durante un mes y medio sin parar más que algunos minutos, a veces, al mediodía.
Nuestro local, aparentemente y en un principio, estaba construido en un terreno alto. Pero después de más de cuarenta días de lluvia prácticamente continua, en aquel 1975, en General Pico ya no quedaban terrenos elevados. La inundación había rodeado la ciudad, cambiando radicalmente el paisaje. En forma de grandes bajos anegados comenzaban a insinuarse extensas lagunas que a partir de entonces integraron definitivamente el mapa pampeano. Algunas rutas y varios caminos, algunos asfaltados, estaban intransitables y ya se escuchaban noticias sobre campos que habían tenido que ser desocupados, cortando los alambrados para sacar los animales. Del mismo modo se oían comentarios sobre algunas familias que en pocos días habían pasado, de ser terratenientes, a desocupados sin ningún medio de vida a la vista. Y propietarios de una gran laguna alambrada que había llegado para quedarse.
En el amplio patio que usábamos de playa de estacionamiento comenzó a hacerse un espeso y profundo barrial. El ir y venir de los autos fue moliendo ese barro hasta hacer una pasta intransitable que se pegaba en las cubiertas de los autos y las engrosaba hasta que se frenaban al tocar en el interior de los guardabarros. Y seguía llovien¬do día y noche.
En terrenos del Aero Club, cercano, sobre la misma ruta, estaban construyendo una pista y sacaban a diario varias camionadas de tierra. Arreglé con uno de los camioneros y me descargó varias camionadas de tierra en el patio. Las desparramamos, cubriendo también el camino que unía el estacionamiento con la ruta. Esa tierra suelta, unos diez o veinte centímetros sobre el lodo existente, sólo lograron, lluvia mediante, aumentar la profundidad del barro y hacer más inconsistente el suelo.
Una de esas noches en que, a pesar de todo, habíamos logrado una buena concurrencia de gente, llegó Omar Abué, un actor cómico, director y autor de radioteatros, oriundo de San Rafael. Venía con su hijo y algunos de los integrantes de su compañía teatral. Yo ya lo conocía desde hacía algunos años, en Mendoza. Esa noche nos habíamos reencontrado en el centro, más precisamente en el bowling, y yo lo había invitado a tomar una copa al boliche.
A la hora del cierre, Omar intentó salir con su auto, un Chevy, cargado con toda su gente. Se quedó empantanado en la mitad del camino que salía hacia la ruta. Los de su grupo intentaron sacar el auto colocando yuyos bajo las ruedas. Como yuyos no había, destrozaron lo poco que quedaba de unos pequeños pinos que bordeaban el citado camino interior. Fue inútil.
Otro de nuestros clientes, con una camioneta Ford F-100, salió del sendero e intentó pasar por el lado izquierdo del auto de Abué. Se hundió definitivamente hasta el chasis. Apareció un valiente que quiso hacerlo por el lado dere¬cho y también quedó hasta el zócalo en el agua.
Resumiendo: se fueron casi todos caminando hasta la ciudad que, como recordaran, es¬taba a unos cinco kilómetros de allí. Algunos se acostaron dentro de los autos y esperaron con valentía el sol de la mañana. (Esto es una forma de decir, el sol demoró otro mes en salir)
Cuando amaneció había siete automóviles enterrados. Téngase en cuenta que nuestro boliche estaba ubicado sobre la ruta que une Castex con General Pico y que por allí circula muchísima gente que esa mañana pudo ver con asombro los vehículos de conocidos veci¬nos de la zona, curiosamente semi enterrados en el patio de la whisquería. Los propietarios de camionetas de auxilio literalmente agradecían al cielo ese momento propicio y dormían vestidos, pues eran llamados a cualquier hora.
De día continuaba lloviendo, arruinando todo intento de reparación de las condicio¬nes del terreno, por lo que desistimos de tales trabajos y esperamos que el tiempo decidiera qué iba a hacer con nosotros.
A la noche siguiente del episodio recientemente relatado, algunos clientes, con más necesidad o menos prejuicios, dejaron sus vehículos sobre la ruta y entraron caminando, chapaleando en el barro. Los pocos que se animaron a entrar con sus autos se quedaron empantanados y nuevamente hubo que ir a buscar alguna de las camionetas de auxilio para que los sacara. Al amanecer, cuando cerramos, seguía lloviendo.
Esa siesta, cuando fuimos con Marcos al boliche, el agua había entrado por la puerta y había subido dos o tres centímetros sobre el nivel del piso interior. Era el final, el agua nos había vencido.
Apilamos los sillones y las mesitas en el centro de la pista y cerramos la puerta sin saber hasta cuándo. Una vez en el hotel, les expliqué a las chicas la situación, dejando a su criterio el rumbo a tomar. Hugo se quedó en mi habitación del hotel, y yo viajé a General Alvear con la amargura lógica de quién deja, a la buena del cielo, todo lo invertido en trabajo y dinero.


Una semana más tarde, Marcos me llamó por teléfono para avisarme que el agua había comenzado a bajar y que ya estaba por debajo del nivel del piso del local. Viajé ese mismo día.
Hice traer más camionadas de tierra y, con la ayuda de Hugo, Marcos y José Luis, volvimos a rellenar el patio y el camino de entrada. Paralelo a la ruta, en un bajo inundado imposible de rellenar, construimos un puente con un gran caño metálico.
Vivi, Patricia y su amiga, (no logro recordar su nombre) habían esperado la reapertu¬ra en el hotel. Karina había viajado a General Alvear, abandonándome definitivamente, y Mariana se había ido a Villegas, donde me han dicho reside actualmente.
En esos días en que trabajábamos con la pala, prácticamente de sol a sol, ocurrieron dos anécdotas que creo necesario relatar. La primera, para ilustrar la picardía que usábamos indiscriminadamente en algunas ocasiones, aunque siempre con el propósito, sano y valedero (para nosotros) de ponerle un poco de humor a la vida y de tener algo para contar cuando fuéramos mayores.
La segunda anécdota es importante por el papel preponderante que tendrá, en las páginas que vendrán, el personaje incorporado.
Vamos con la primera: Una noche, estando en mi habitación, llegó Hugo a contarme que tenía medio charlada a la compa¬ñera de Patricia y que esa misma noche pensaba concretar algo con ella. Marcos se había marchado a su casa, José Luis vivía en el boliche, así que empecé a considerar la idea de irme a cenar solo. Hugo, como dije, estaba en pleno plan de conquista y seguramente no querría dejar sola a la chica hasta lograr su propósito. Fue entonces que una idea maligna comenzó a insinuarse en mi mente. Se la comenté a Hugo y entre los dos le dimos forma de plan a ejecutar inmediatamente. Debíamos sacarle a esa noche de llovizna y frío, todo el calor y bienestar posible.
Me quedé esperando, tirado en la cama, mientras Hugo fue hasta la habitación de las chicas. De acuerdo a lo planeado, llegó hasta ellas puteando, diciendo que a mí ya no se me podía aguantar, que él no tenía la culpa de que a mí no me hubiera llegado el giro de mi viejo, etc., etc.
Como habíamos previsto, Patricia, muy humana y sensible, enseguida se interesó en el caso. Le preguntó qué íbamos a comer si, como acababa de escuchar, no tendríamos plata hasta el día siguiente. Hugo le dijo que habíamos pensado tomar unos mates con unas galletitas y nada más. Pocos minutos después ella llamaba a mi puerta. Sin levantarme le dije que pasara. Se sentó en mi cama y a poco de hablar me preguntó qué iba a cenar.
- Ya va a venir Hugo y vamos a tomar unos mates - respondí sin mirarla.
- ¿Cómo vas a alimentarte con unos mates? ¿Por qué no van a comer al restaurante? - preguntó ella.
- No, no tenemos hambre - contesté como tratando de ocultar una situación de insolven¬cia.
- Rubén, si no tenés plata, decime. Yo te presto - dijo al fin.
- Ya te lo habrá contado el charlatán del Hugo. Es cierto que no tengo plata. Pero no quiero que me prestés nada. Ya mañana... o pasado, me va a mandar guita mi viejo – respondí, siempre sin mirarla.
- ¡Pero no seás tonto, decime cuánto necesitás!... - insistió ella.
- Mirá - le dije finalmente –, yo no te puedo aceptar lo que me ofrecés. (Ella ya había mencionado una cifra) Además, si tuviera esa plata, lo último que haría sería gastármela en cenar. Tengo el auto sin nafta y ya debo una boleta en la estación de ser¬vicio. Mejor espero el giro de mi viejo que tiene que llegar en esta semana.
Sin hablar Patricia sacó del bolsillo el dinero que me había ofrecido inicialmente y lo puso so¬bre la mesa de luz. En ese momento Hugo lla¬mó a la puerta y entró con un paquete de galletitas en la mano.
Cuando Patricia se fue, salimos. Hacía pocos días que habían inaugurado un restaurante en el Club Pico Football. Allí fuimos. Era un quincho muy bien puesto y en ese momento era el lugar más elegante y elegido por la gente más pudiente. Cenamos eligiendo lo más caro y con el mejor vino brindamos por las mujeres de corazón sensible.
Por supuesto, esa madrugada, al regreso de una recorrida por los boliches bailables, ambos debimos pagar las deudas pendientes.
(Perdoname, Patricia, fue una travesura. Te debo una cena.)

La segunda anécdota en realidad no tiene un final definido dentro de este libro. Es la aparición de una mujer cuya desvinculación de esta historia demoró mucho en llegar.
La tarde en que la conocí habíamos estado trabajando en el patio del boliche, todavía inundado. Junto a Hugo llegamos al hotel Centenario, cansados y dispuestos a tomar unos mates, bañarnos y acostarnos temprano. Él entró primero; yo me demoré en la puerta sacándome el barro de las botas de goma que llevaba.
Apenas ingresé vi a Hugo agachado, abrazando a un niño rubio, casi albino, de unos cuatro años.
- Mirá - dijo Hugo volviéndose y mostrándome al niño -, éste es "el Gringo", a ver, decile "hola" al tío Rubén.
No recuerdo si el niño me dijo algo en ese momento, porque mis ojos estaban mirando a una mujer delgada y sonriente que se había acercado hasta nosotros. Creo que dije “hola” o algo parecido y luego subí a mi habitación acompañado de Hugo. Allí él me contó quién era ella. Se llamaba Tania y había llegado de Brasil hacía pocos días. Venía a visitar a su hermana Mary, casualmente la dueña del boliche Marimar, nuestra competencia. Supe entre otras cosas que estaba algo enferma de gripe o alguna dolencia menor y debido a ese motivo pasaba algunos días en cama. Por ese motivo, a pesar de que hacía casi una semana que yo había regresado desde General Alvear, aún no la había visto, ni sabía de su existencia. El niño que la acompañaba era su sobrino, hijo de un hermano que había quedado en Brasil.
Al día siguiente, por la tarde, Hugo fue a la habitación de Tania y le pidió permiso para llevar al niño, apodado “Gringo” con nosotros, a nuestro boliche. Ella aceptó y llevamos al niño. Allí, en la quinta, mientras nosotros ordenábamos el interior del local el Gringo jugó con los perros y nos divirtió hablando esa mezcla de castella¬no y portugués, propia de la zona fronteriza de donde provenía.




De ese niño apodado Gringo guardo un tierno recuerdo que atesoro como si se tratara de un sobrino. Se me hace difícil imaginar cómo será hoy, ya adulto, aquel niño rubio, gordito y comprador, tan cariñoso y falto de afecto que parecía, a pesar de lo mucho que Tania lo quería y cuidaba. Entre otros momentos imborrables del tiempo compartido con el Gringuito, recuerdo que, pocos días después de haberlo conocido, (y comenzada mi relación con Tania) ya se había convertido en compañero inseparable de todas nuestras salidas diarias. Yo lo llevaba en la falda mientras manejaba y le decía que mi auto, cuando tomaba velocidad, volaba. Él miraba hacia el asfalto y, debido a esa invalorable fantasía que poseen y disfrutan sólo los niños, realmente creía que estábamos tomando altura y gritaba entusiasmado: - ¡Volamos, tío, volamos!
Más tarde, por la noche y ya acostado, como ineludible condición para dormirse, me pedía que le contara un cuento. Yo acudía a la imaginación que por suerte siempre tuve, y me ponía a inventar las más disparatadas historias. A él no le importaba que estos relatos tuvieran o no, sentido o final. Lo único que el Gringuito necesitaba para ser feliz era imaginar que todos los personajes protagonistas fueran “chiquitos”. Cuando yo, por ejemplo, le decía:
- Había una vez un caballo... -, él me interrumpía invariablemente:
- Tío, tío... ¿caballo chiquito?
Yo le decía que sí y continuaba el relato, hasta que aparecía otro personaje, por ejemplo un gato, y él, aunque parecía dormido, inmediatamente abría los ojos, se reclinaba y me preguntaba:
- Tío, tío,... ¿gato chiquito?...
Y así durante todo el cuen¬to y todas las noches. Por supuesto, calculando ese detalle mis cuentos acumulaban decenas de animales protagonistas.
Hasta el día en que Leo, su padre, se lo llevó. Por alguna razón, yo no estaba presente cuando se fueron. Tengo grabado en mi mente el golpe que fue para mí llegar al hotel y saber que el Gringo ya no estaba, que se había ido con su padre y seguramente para siempre. Se escapan hoy de mis ojos las lágrimas que en ese momento escondí. Vaya desde aquí, para "el Gringuito", el tierno niño que alguna vez fue, un beso grande de su Tío Rubén, y un abrazo fuerte y sincero para el hombre que seguramente es hoy.

A través de Hugo, que era quién más recorría las habitaciones, supe que el interés que Tania había despertado en mí, era correspondido.
Un atardecer de domingo en que ella aún estaba reponiéndose de su enfermedad, la visité junto a Hugo y Marcos con la excusa de acompañarla y tomar unos mates. Allí hablé con ella por primera vez. Allí comenzó todo.
Desde entonces comenzamos a tener una relación cada vez más cercana, a pesar de mi firme pro¬pósito inicial de no comprometerme con ella ni con otra, más que lo necesario.
No quisiera que algún desprevenido malinterpretara la inclusión de algunas anécdotas con tintes amorosos como un alarde de adolescentes, hace décadas prescripto. Aunque el tema a tocar pueda dar lugar a confusión, no es mi intención escribir un texto prohibido o simplemente no recomendado para menores. Me he impuesto como norma no extenderme ni adentrarme en detalles íntimos ni espinosos que desvirtúen el proyecto inicial y puedan dar lugar a una crítica inmerecida. La única obligación que me he asignado al comenzar a escribir estas anécdotas es la de ser sincero. Sin embargo, en base a eso, reconozco que hay ciertos aspectos de la realidad que no pueden obviarse ni suavizarse sin colocar un halo de ilusión sobre el relato. Aunque fue una etapa de vida bastante intensa, sólo haré alusiones superficiales sobre temas sexuales cuando sean parte inseparable de alguna de las anécdotas que por distintas causas he considerado dignas de figurar en este relato.
Creo necesario agregar aquí un pequeño párrafo sobre un tema relacionado con el anterior, que intuyo puede también mal interpretarse. Y lo voy a hacer a mi modo, con las simples palabras y ejemplos que uso indistintamente para hablar y escribir: Que nadie crea que tener un negocio nocturno de este tipo se asemeja en algo a tener un kiosco. Como propietario de un kiosco uno puede, en cualquier momento, extender la mano, tomar una de las golosinas que tiene para la venta y comérsela. En una whisquería la mercadería en venta tiene uso de razón propio. Y no es propiedad de nadie. La mujer de la noche, salvo excepciones, rara vez tiene necesidad física de sexo. Me refiero a las que optan por aprovechar la totalidad de las facultades que otorga ese negocio: venden copas y venden su cuerpo. En este último caso, una mujer de la noche tiene siempre a disposición la posibilidad de hacer el amor con un hombre que le guste, disfrutar de eso, y encima darse el lujo de cobrar. En otras palabras, si se lo propone, y sabe elegir sus clientes, no necesita otro hombre a su lado. Al menos, no para eso. Hay un viejo dicho, algo irrespetuoso quizá, que grafica muy bien lo que quiero explicar, (y pido perdón nuevamente por el término, que confieso no me agrada): - “Las putas no son para todos.” - Créamelo, es así.

Tania era una mujer muy especial, muy cariñosa y temperamental. Realmente creo que me amaba mucho, pero ese detalle que debiera haber sido positivo, la convertía en una persona terriblemente celosa. Cada vez que yo debía salir en algún horario coincidente con la salida de la escuela secundaria o del comercio, me despedía con una pelea. Sin embargo, más tarde, al verme regresar, me recibía con un mate y una sonrisa. Así, tan imprevistamente como nacían, sus tormentas de celos desaparecían en el horizonte cuando nuestros ojos se encontraban más de cinco segundos seguidos.
Tania, como dije, era hermana menor de Mary, que junto a su esposo Martín eran los dueños de la whisquería Ma¬rimar, nuestra competencia. A pesar de lo encontrado de nuestros intereses, a partir de mi relación con Tania lle¬gamos a ser muy amigos. Los días Domingos, cuando cerrábamos nuestro boliche, solíamos encontrarnos, ya avanzada la madrugada, todos los integrantes masculinos de “Mimo’s”, tomando la última copa en Marimar. Compartimos también algunos asados y cumpleaños, festejados en horario de tarde.
Según me contó Tania, además de Mary, tenía dos hermanos varones. Uno era Leo, el padre de "El Gringo", y el otro, del cual ignoro el nombre, estaba en ese momento en Amazonas haciendo tareas de desmonte o algo así. Supe años más tarde que éste último murió sin regresar a la Argentina.
Hoy, a la distancia y en momentos en que recordando esos años vuelvo a tenerla de algún modo presente, valoro un poco más los aspectos positivos de su personalidad y no me avergüenza dejar impreso mi deseo de volver a verla algún día, antes de partir.
Leo llegó a General Pico con la esperanza de encontrar algún modo de vida que le permitiera quedarse allí, en La Pampa. Llegamos a ser grandes amigos. Era un excelente muchacho. Usaba el pelo largo y al igual que Tania, al llegar hablaba una mezcla de portugués y castellano, en su caso más difícil de entender.
En una oportunidad fuimos juntos hasta una estancia de Fortuna, Provincia de San Luis, a cazar jabalíes. En esa incursión cazamos dos. Leo no conocía estos corpulentos animales y se sorprendió al verlos, pues había entendido que íbamos a cazar “pecaríes”, mucho más pequeños y naturales de la zona selvática de donde provenía.

Ya conté que las chicas que trabajaban con nosotros tenían libre albedrío sobre la posibilidad de vender su cuerpo. La relación laboral con nosotros finalizaba en las copas que se hacían pagar. Lo que hacían o deshacían durante el resto del día quedaba a su criterio. Hoy día no existe una whisquería que no cuente en el mismo edificio lo que se denomina una “habitación para pases”, en la que el cliente deja lo que no se le pudo sacar en copas. En nuestra época la cosa era distinta y si bien es cierto, existía la salida específicamente sexual, ésta generalmente se llevaba a cabo al cierre del boliche y fuera del local.

4° Capítulo – páginas 30 a 40

Marcos Balor -2010-
Marcos Balor - 1975


Marcos era fotógrafo, no muy alto y de cabello largo y algo ensortijado. Nuestra amistad comenzó a raíz de su profesión. Al principio se acercó al grupo con el propósito o excusa de sa¬carle fotografías a las chicas. Él mismo las revelaba, en blanco y negro, y esa misma noche o al día siguiente las entregaba. Conservo algunas de esas imágenes que hoy me acercan recuerdos que vuelco aquí.
Supe alguna vez que Marcos, de niño, se había hecho famoso, al menos localmente, por haberse aprendi¬do La Biblia de memoria. En la época en que estuvo a nuestro lado ya no la recordaba literalmente, pero nombrándole títu¬los de los fragmentos deseados, aún podía decir, con sus palabras, el contenido argumental. Junto al texto original, también parecía haber olvidado algunos principios de la misma, especialmente los diez mandamientos.
Con Hugo tenía una latente rivalidad que, años más tarde, derivó en una pelea en el pasillo de una casa donde ambos concurrían a visitar amigas comu¬nes. Por alguna razón, en esos momentos Marcos llevaba encima un cuchillo con el que le dio a Hugo un profundo puntazo en la palma de la mano. Seguramente la puñalada iba dirigida al cuerpo, Hugo trató de evitarla poniendo una mano delante y recibió allí la herida. Desde entonces la poca amistad que alguna vez hubo entre ellos, sucumbió definitivamente.
Marcos trabajó varios meses con nosotros y protagonizó muchas anécdotas, de las cuales algunas incluiré en este escrito. Hoy vive en General Pico. Cuando lo vi por última vez, alrededor del año 1987, con este libro comenzado, me autorizó a nombrarlo, pero he omitido su apellido en este documento dejando a su criterio final el reconocerse o no en el personaje aquí citado.


Otro protagonista que aparece en muchos de mis recuerdos de aquellos años es Coco Constantino. Coco vivía en el mismo hotel que nosotros, el Centenario. Dada su gran amistad con el Vasco Etchegorry, propietario de aquel lugar, tenía allí una habitación sin cargo. Sus detractores, intentando definirlo, difundían que Coco no había trabajado nun¬ca. Me permito dudar de esa aseveración, debe haberlo hecho alguna vez... y no le gustó.
Poco sé de su historia que pueda ser contada sin repetir alguna anécdota de los que lo conocieron de joven. Cuando yo lo conocí, él se aproximaba a los cincuenta años. Oí entonces que se había casado tres veces, (sin previos divorcios, ya que entonces no existían) y que tenía hijas mayores y nietos que no lo cono¬cían. Tenía algunos familiares en General Pico, pero en aquel tiempo residía, como dije, en el hotel Centenario. Y vivía solo, por lo que deduzco que, debido a su personalidad tan especial, su relación con ellos no debe de haber sido buena.
Lo visité posteriormente cada vez que viajé a General Pico. En nuestras conversaciones, casi siempre basadas en aquellos años que compartimos la noche piquense, revivíamos las aventuras vividas en complicidad. Recuerdo que teníamos una común afición por las armas. Coco entendía del tema y en aquellos años poseía un hermoso revólver 22, caño largo. Una tarde alguien se lo pidió prestado y, como suele suceder con lo que se presta, lo perdió para siempre.
Tenía un pequeño cuchillo con cabo de cola de peludo, muy afilado y peligroso, infaltable en su cintura tanto de día como de noche. Recuerdo su habitación del hotel y las fotos que tenía pegadas en la parte interna de la puerta del ropero. Allí se lo veía disfrazado de milico de mediados del siglo pasado. Esas fotos fueron sacadas en momentos en que estuvo contra¬tado como extra para una frustrada película sobre el libro "Una excursión a los indios ranqueles", de Lucio Victorio Mansilla. Y por supuesto, evocándolo, vuelve a mi mente el problema en que, involuntariamente, lo incluí al pedirle ayuda en un hecho que relataré más adelante. Flaco, canoso y con todas las noches de sus años brillándole en las ojeras, sigue siendo un gran amigo que mi paso por la noche me regaló.

Estoy citando a los varones que alguna vez integraron el grupo y vienen a mi memoria dos de mis amigos de la infancia que, atraídos por el sabor de la aventura, compartieron una temporada con nosotros.
Juan y Julio, ambos de General Alvear y compinches desde nuestra adolescencia, llegaron a vivir de cerca ese mundo de imprevistos que, a través de nuestros relatos, parecía (y en realidad era) fascinante.
Juan siempre fue un tipo simpático y divertido. Coincidía con todos los que allí estábamos en que cualquier cosa estaba permitida, menos aburrirse ni estar triste. Cuando Alberto se fue, él heredó el saco smoking y el puesto de portero.
Una noche las chicas lo disfrazaron de mujer con una larga peluca y una minifalda. Debo admitir que, a media luz, a pesar de su robustez y sus piernas arqueadas, con dos tragos encima, se veía algo atractivo. Comenzó a bailar y a provocar a uno de los clientes que aún no lo conocía. El tipo se embaló y salió a bailar con él.
- ¡Está buena la loca! - me comentó -,... es un poco fiera de cara, pero de lomo está buena... y grandota como a mí me gustan.
Le pagó algunas copas pero, contrariando mis principios de entonces, decidí que era una broma muy pesada para alguien a quién no conocíamos bien. Con algún pretexto hicimos desaparecer de la sala a la misteriosa mujer de pelo largo y la cosa quedó ahí.
Conservo una fotografía de esa noche en la que puede verse a Juan carac¬terizado de mujer. Quizá algún día, con su acuerdo, se la muestre a sus hijos y a su esposa, o la incluya aquí.
Actualmente vive en Malargüe administrando su propio taller de chapería y pintura. A pesar de los años sigue siendo el mismo atorrante, capaz de repetir hoy todas las cosas que hizo. Al igual que Pablo y Julio, es un amigo de siempre y para siempre.


Julio estuvo sólo algunas semanas en General Pico y también es protagonista de algunas anécdotas. Poco después de regresar a General Alvear viajó a Brasil en busca de nuevos horizontes. Los encontró. Actualmente reside en San Pablo junto a su segunda (o tercera) mujer. Tiene cinco hijos. Logró una sólida posición económica, pero a raíz de un malogrado divorcio, retornó al estado con el que llegó. Su aventura extraterritorial le significó el desarraigo y le grabó a fuego el brillo de tristeza que ya no abandonará sus ojos.
El Autor y Cuacualo - 2010


Ahora me toca hablar de Cuacualo. De Cuacualo tengo anécdotas para escribir todo un libro. Su verdadero nombre es Juan Carlos Hernández. Escuché que, cuando chico, tuvo algunos problemas de dicción y al preguntársele su nombre, por Juan Carlos, decía algo parecido a "cua-cualo". Desde entonces, para cualquiera que haya vivido al menos una semana en General Pico, se llama así. Digo para cualquiera porque es, seguramente, uno de los personajes más conocidos allí. En General Pico puede haber alguien que no sepa quién es el intendente actual, pero no creo que haya uno solo de sus habitantes que no sepa quién es Cuacualo.
Voy a usar cariñosamente la palabra “locura” para definir el estudiado delirio que reina en su mente.
Cuacualo es un loco maravilloso. Reitero que digo loco porque considero que no es un deficiente mental, como muchos pueden haberlo señalado. Ningún ser humano con capa¬cidad mental reducida podría elaborar las fantásticas historias que él nos llevaba día a día, y mucho menos relatarlas con tantos detalles.
Desconozco cuál será el término exacto para definir su caso, por lo tanto relataré algunas anécdotas para que usted, posible lector, saque sus propias conclusiones.
En aquella época Cuacualo era fanático del grupo musical "Los Iracundos". Decía ser primo hermano de Franco, el cantante, hoy fallecido, y de algunos otros de sus integrantes. Los equipos de amplificación que usaba este conjunto eran marca Fenders y por lo tanto pasaron a ser "los mejores del mundo". Tenía varias anécdotas sobre las giras de este conjunto y las contaba agregan¬do su presencia en los más remotos lugares del mundo. Por ejemplo, contaba que, cuando Los Iracundos tocaron en México, tuvieron que salir al escenario antes que Los Beatles, que en el programa figuraban como número central. Al llegarles el turno a estos cuatro desconocidos muchachos de Liverpool, la gente los recibió a pedradas pidiendo a gritos que siguieran tocando Los Iracundos. Ignoro si estos últimos llegaron a presentarse alguna vez en México, en cambio estoy seguro que Los Beatles jamás actuaron allí.
Aseguraba ser, entre otras cosas, técnico en sonido del nombrado conjunto uruguayo. Él era quién les regulaba los equipos y les trababa las perillas pegándolas “con cinta ais¬ladora, para que no las tocara nadie”.
Esta última profesión también decía ejercerla para algunos conjuntos locales. En los bailes de entonces, de rigurosa orquesta, Cuacualo se paseaba frente al escenario haciéndose pantalla con la mano en una de sus orejas como buscando una posible falla de sonido. A veces, cuando veía que alguno de nuestro grupo o de sus conocidos locales, le estaba prestando atención, subía al escenario y simulaba regular el volumen o el tono de los amplificadores. Los músicos lo conocían, se miraban sonrientes y lo dejaban hacer. Sabían que jamás movía una perilla.
Cuando lo conocí Cuacualo tenía mi edad, veinticinco años. Hoy lo recuerdo como un hombre muy limpio y prolijo. Las noches de los días Sábados o Domingos usaba trajes que, de acuerdo a la moda de entonces, parecían quedarle algo grandes u holgados. Este detalle, sumado a que solía trabajar en una pompa fúnebre, le valió soportar algunas bromas crueles donde se lo acusaba de robarle la ropa a los muertos. En realidad yo creo que él, siguiendo lo dictado por su personalidad tan especial, se ponía esa ropa sin importarle si coincidía o no con lo que se usaba. Y seguramente sin sospechar que se estaba adelantando a la moda que llegaría después de los ochenta.
Vivía con su madre, hoy fallecida, y un hermano mayor. Tenía otro hermano melli¬zo que vivía en Buenos Aires y a quién nunca conocí.
Además de ser admirador de Los Iracundos, Cuacualo también era fanático de los automóvi¬les Torino y del actor italiano Franco Nero, de quién también se decía primo por parte de madre. Éste último protagonizó la película “Dyango”, otro de sus ídolos e inspiración de uno de sus más célebres recitados.
Detallaré algunas de las historias con que solía llegar al boliche, generalmente poco rato después de abrir.
Ninguna profesión era descartada por su fantasía. Cierta vez llegó diciendo que venía del sanatorio. Lo hacía con toda la intención de que alguno le preguntara a qué había ido allí. Esa noche lo hice yo y me contestó más o menos así:
- ¿A vos te parece, Rubén? ¡Tuve que hacer de nuevo un trasplante de corazón! ¡Estos doctores son unos Aberdeen Angus! – (Éste era su insulto preferido desde que supo que esa era una raza vacuna) - ¡Le habían puesto al tipo el corazón al revés! ¡Con la parte puntuda hacia arriba!... Tuve que hacer todo de nuevo, Rubén, mirá, recién me lavo las manos, todavía debo tener olor a sangre... (Me acercaba las manos para que las oliera) Decí que caí yo, si no el enfermo se les muere nomás... ¡Es al pedo, no los podés dejar solos un día que alguna macana se mandan!
Esa noche era doctor especializado en cardiocirujía y la conversación giraba alrededor de esa profesión... hasta que llegaba la hora del obligado recitado.
Otra vez llegó con las manos sucias, pidiendo jabón para lavarse. Dijo que venía de la usina eléctrica y ante nuestros interrogantes, agregó:
- Tuve que desarmar completo uno de los motores y volverlo a armar... ¿Podés creer que estos Abeerden Angus le habían puesto los pistones al revés? Yo me pregunto: ¿Para qué desarman los motores si después no los saben armar? ¿Porqué no me llamaron? ¡Yo no sé para qué se meten, etc., etc....!
Esa noche era técnico en grandes motores.
Tenía una especial velocidad para inventar anécdotas relativas a algo que aca¬baba de ocurrir hacía minutos.
Marcos solía hacer chistes con electricidad. Por supuesto, con 220 volts puros, sin rebaja ni disyuntor. Éste último aún no se había inventado. Allí nada se hacía a medias. Por ejemplo, ataba un destapador con una de las puntas de un fino alambre de cobre que sacaba desarmando un cable. Tomando el otro extremo con un papelito, lo conectaba al tomacorrientes en el lugar don¬de el buscapolos le indicaba el polo positivo. Luego, con una botella en la mano, le pedía a la víctima elegida que le alcanzara el destapador. Ésta recibía una patada directamente proporcio¬nal al grado de humedad que tuviera en los zapatos.
Al parecer los zapatos de Cuacualo no estaban muy secos, porque cayó en ese tipo de bromas una o dos veces y luego fue imposible hacer que se acercara a algo metálico. Abría las puertas empujándolas con el codo. No se equivocaba, ya que era usual que el picaporte estuviera electrificado. De esta manera terminó por desanimar al pobre Marcos obligándole a agudizar su inventiva o buscar nuevas y originales bromas "sin electricidad".
La primera vez que cayó en uno de estos chistes, luego de putear a Marcos, me pidió una whiscola y se sentó a charlar conmigo en la barra. Me dijo que no le gustaban esos chistes porque podían terminar mal. Como ejemplo agregó lo que, según él, había pasado esa misma tarde en el Club Independiente. Alguien había puesto corriente en el inodoro del baño y un muchacho que se había sentado a usarlo, había arrancado la puerta con la cabeza y se había levantado “la tapa de los sesos”. Lo habían llevado grave al sanatorio y en ese momento andaban buscando al culpable.
El mensaje era claro. No debíamos hacer esos chistes pues podían cargarnos la culpa de ese chiste trágico del club.
Esa anécdota la prolongó por varios días. Apenas llegaba nos recordaba la inconveniencia de seguir con esas trampas dándonos el último parte médico del supuesto herido. De éste completó sus datos familiares diciéndonos que el padre era militar (muy temidos en esa época) y andaba armado buscando al chistoso, mientras su hijo, en el sanatorio, se debatía entre la vida y la muerte. Para empeorar el cuadro clínico nos dijo que parecía que al joven, al levantársele “la tapa de los sesos”, le había entrado tierra al cerebro, embarrándole los pensamientos.
El mensaje seguía siendo el mismo. Debíamos desterrar los chistes electrónicos, especialmente los que estaban dirigidos a su persona.
Así pasaron varios días, que se mejoraba el enfermo, que se empeoraba, que estaba igual, que le iban a hacer una misa porque estaba en manos de Dios, etc.
Una noche llegó y sin decir nada me tomó la mano apretándola con fuerza. Luego de un instante de suspenso, con un gesto teatral impresionante, me dejó caer la fatal noticia:
- El muchacho murió hace rato. Está todo el pueblo en el velorio. El padre lo miraba cuando lo metían al cajón y juraba con la vista en el cielo: “Yo voy a agarrar a esos que hacen chistes con corriente.”
Había terminado su historia ejemplar con un digno broche de oro.
Algunas noches después estaba conmigo en la barra, cuando un joven llamado Asquini, que entonces nos vendía revistas, sin mala intención, lo llamó "loco". Este término, no viniendo de alguno de nosotros, era sumamente ofensivo para él. Al poco rato me llamó aparte y reeditó el tema del supuesto fallecido.
- Rubén... tené cuidado con Asquini. No le des mucha bola porque parece que fue él el que le puso corriente en el inodoro del Club al muchacho ése que murió. No vaya a ser que venga la policía a buscarlo y tengás problemas vos.
Le agradecí la advertencia.
Otra vez le regalé un revólver 32 corto. Lo había comprado sin ningún fin específico y muy barato en una compraventa. No lo usábamos porque tenía mucho juego entre sus partes móviles. Antes de dárselo a Cuacualo, para estar más tranquilo, con una tenaza le quebré la púa al martillo percutor.
Él se lo ponía en la cintura y recorría el boliche de punta a punta, custodiando. Una noche, por causas que no recuerdo, salí al estacionamiento a hablar con un cliente. Cuacualo salió detrás y se paró bajo la luz de la entrada. Dejando ver las cachas nacaradas en la cintura, me preguntó:
- ¿Todo tranquilo, Rubén?
El que estaba conmigo se sorprendió del recelo que encerraban esas palabras.
- Todo bien, andá nomás, estamos charlando – le contesté tranquilizándolo.
Más adelante pensé que, quizá, al sentirse protegido, podría tener algún problema con alguien y le pedí el revólver diciéndole que era para mandarlo a arre¬glar.
Aseguraba también que en su casa criaba arañas "apollitos”. (Así decía él) Eran cuatro y se llamaban: "Torino", “Fenders”,"Iracunda" y "Dyango". Nos conta¬ba entre otras cosas que todas las mañanas, con una trampa, les cazaba un gorrión y se los exprimía “como un limón” en un platito. Allí venían las arañas a to¬mar el juguito.
La llamada Iracunda estaba embarazada y dentro de poco tendría cría. Las chicas del boliche le pidieron arañitas para criar. A la mayoría les dijo que no, pero a dos de ellas, Maure y Erika, que lo querían mucho, les prometió una a cada una. Según dijo porque sa¬bía que ellas “las iban a cuidar bien”.

Los recitados de Cuacualo son los que en realidad lo han llevado a la fama. He encontrado personas que estuvieron una sola noche en General Pico, tuvieron oportunidad de verlo actuar y varios años después lo recordaban.
Antes de detallarlos agregaré que el talento para la improvisación que Cuacualo tenía entonces, hubiera sido envidiado por muchos actores cómicos actuales. Recitaba en nuestro local casi todas las veces que iba y, además, lo hacía en los bailes cuando el público o los músicos se lo pedían.
Uno de los temas más solicitados era “La Cumparsita”, versión libre, casi diría libertina, de los versos grabados por Julio Sosa. Sólo se le parecía en el principio y en el final. Así eran todos sus recitados. Seguía un argumento, como en este caso, mezclando trozos mal memorizados con otros creados en ese instante e insertados en el más irregular orden. Cuando el acompañamiento musical del tema referido se acerca¬ba al final, decía:
- Por eso te canto... por eso -, y chan, chan, agachaba la cabeza y recibía los aplausos.
Tenía varios de estos recitados. Otro de sus caballitos de batalla era “Juan Moreira”. Basado en el argumento de la película de Leonardo Favio, pero con la singular dialéctica de Cuacualo. En la parte final, cuando Moreira está con una muchacha y viene la policía a buscarlo, gritaba igual que Rodolfo Bebán en el filme:
Cuacualo - 1975     

- ¡Dejen salir a la mujer! - y luego hilvanaba una larga serie de puteadas contra la policía. Esta era la parte más aplaudida y él la estiraba creando insultos inéditos mientras el público, en su mayoría contrarios a todo lo que pareciera un uniforme, lo ovacionaba.
Recuerdo que en una ocasión en que se celebraba el Día de la Policía, cayeron al boliche varios agentes de civil. Estaban festejando y los invitamos a tomar una copa. En ese momento las chicas terminaban de disfrazar a Cuacualo y éste salía a recitar justamente "Juan Moreira". A la pasada le dije que cuando llegara a la parte anteriormente citada insultara bastante a los milicos.
Yo pensaba que, en la oscuridad, no los iba a reconocer y me preparaba para ver la reacción de éstos.
Cuando llegó a esa parte me demostró una vez más que de tonto no tenía nada.
- ¡Policías malos, déjenme pasar! - fue lo más agresivo que se le oyó decir.
Otro de sus clásicos era "Juan Bautista Bairoletto". Comenzaba con unas pala¬bras memorizadas de un radioteatro del mismo nombre que alguna vez había sido presentado en General Pico por Ubriaco Falcón, Omar Abué u otro de esos artistas que entonces recorrían el interior del país con ese tipo de obras. La historia se parecía sospechosamente a "Juan Moreira" hasta que llegaba al final, donde nombraba a Thelma Zeballos, la mujer de Bairoletto y a mi ciudad, General Alvear de Mendoza, donde cayó y está sepultado el denominado último bandido romántico.
Todas estas interpretaciones las hacía con música de fondo y ropa adecuadas y con luz negra o de colores cuidadosamente elegida por nosotros.
Cierta vez vino un hombre de Bahía Blanca y a poco de entrar nos contó que un viajante amigo le había comentado que en General Pico, en ese boliche, el nuestro, había visto a un tipo que recitaba que lo había hecho llorar de risa. Tuvo suerte pues esa noche pudo hablar con Cua¬cualo y escuchar dos o tres de sus obras cumbres.
Otros títulos eran "Dyango". En el comienzo de la película del mismo nombre, el actor Franco Nero, con una soga, arrastra un féretro por las barrosas calles de la ciudad. En ese ataúd, después se sabe, lleva escondida una ametralladora de guerra con la que mata a centenares de enemigos por minuto, sin recargar balas jamás. Los escenográfos del boliche (Cualquiera de los nombrados) solucionaron ese detalle y Cuacualo entraba a escena arrastrando un cajón frutero en cuyo interior, tapado con un repasador, estaba un gran serrucho de madera. En el momento oportuno, sacaba el serrucho y: - Ratatatatatatatatatata... – soltaba una ráfaga de imaginarias balas hacia el público.
"Nazareno Cruz y el lobo" era otra versión ultra libre de la película homónima. En ésta lo acompañaba en un papel coprotagónico, el “Colita”, uno de los perros vagabundos que vivía entre los restos del quincho que nos destruyó la inundación. El “Colita” iba caracterizado luciendo una camiseta y un pañuelo atado a la cabeza, ambas prendas de color blanco, para que se destacaran con la luz negra. En un determinado momento Cuacualo decía:
- ¡¡Juira, demonio!! – y soltaba al “Colita”. Éste, asustado por las luces y las risas pasaba a toda carrera las cortinas de la puerta de entrada.
Una noche, a raíz de un error de pronunciación durante este recitado, Cuacualo creó un nuevo poema que incorporó a su repertorio.
Debía decir: - Me están saliendo pelos, mamá,... me estoy volviendo lobo...
Pero dijo: - Me están saliendo pelos, mamá,... me estoy volviendo “mono”...
Ya estaba hecho. Se había equivocado de animal. Pero la vertiginosa imaginación de Cuacualo no retrocedía ante nada. Continuó con el recitado y esa noche se transformó en "Monizón", agregando un nuevo monstruo a la mitología argentina.
También hacía "Hijo negro de madre blanca" o "Hijo blanco de madre negra". Era el mismo recitado según como le saliera al anunciarlo. Aludía al problema ra¬cial; siempre era distinto y sin ninguna línea argumental. Por supuesto, tal cual sugiere el título, mostraba un raro caso digno de un intenso estudio por parte de los más encumbrados genetistas mundiales.
El recitado al Papa era completamente anticatólico y se trataba de una larga serie de insultos contra la persona del Papa, por supuesto acordándose en primer lugar de todos sus familiares y, a veces, a pedido del público presente, incluyendo en la dedicatoria a algunos de los santos más conocidos.
He dejado para el final el recitado que Cuacualo titulaba: "Los Girasoles de Rusia" (Título de una memorable película con Sofía Loren y Marcelo Mastroiani) porque considero que era su obra cumbre, la cual lamento no haber podido filmar en su momento. Estaba totalmente recitado en idioma ruso. Sí, es cierto, Cuacualo no sabía una sola palabra del idioma ruso, pero eso no importaba. Bastaba con terminar todas las palabras en “iski, oski, osko, chof” u otras terminaciones supuestamente sovié¬ticas.
Imagínese a un tipo disfrazado de algo indefinido, con la cabeza cubierta por un pañuelo, un sombrero o lo que hubiere en ese momento a mano, parado en medio de la pista, alumbrado con luz negra, haciendo gestos y diciendo algo más o menos así:
- ¡Broski soski rosko racachof trastiski ñoski!
En una oportunidad se encontraba presente un verdadero inmigrante de Rusia. Cuacualo, empujado por nosotros, aceptó el desafío de dialogar con él en su particular “idioma ruso”.
Luego de unos minutos de infructuosos intentos por entender alguna palabra, el tipo se volvió hacia mí y me dijo:
- Debe ser algún dialecto, no le entiendo nada.

Cuando voy a General Pico visito siempre a este gran amigo que sigue siendo Cuacualo. Tengo la esperanza de traerlo algún día a pasear a General Alvear para devolverle de alguna forma todo lo que me dio en risas y buenos ratos. Quisiera que él pudiera leer lo que he escrito sobre los recuerdos que lo in¬cluyen y entendiera lo que, más allá de las risas, trato de dejar en el papel: el cariño grande que le tengo y le tendré mientras viva.


Ya dije que me sería muy difícil seguir el verdadero orden que estas anécdotas tuvieron en su momento. Mucho de lo narrado hasta ahora vino a mi mente mien¬tras estaba sentado, escribiendo. No he hecho ningún resumen previo pues mi objetivo es lograr un texto sincero y asumo que esa sinceridad abarque y tolere posibles fallas en mi memoria. Ignoro si alguna vez prologaré este escrito por lo que dejaré aquí, documentado, mi deseo de que esto sea leído por mis descendientes con el único propósito de distraerse un rato con la historia real de dos años de la vida de uno de sus antepasados. Soy consciente de no estar relatando ninguna epopeya. Seguramente a pocos metros míos viven decenas de personas que tienen cosas mucho más interesantes para contar. Pero no lo hacen. Y el día en que se mueren se llevan todos sus recuerdos bajo tierra. Eso es lo que yo no quiero permitirme: el tener algo para contar y no hacerlo; el dejar que mis recuerdos y emociones terminen conmigo. No me preocupa que algún apresurado, sin recabar más información, se forme un equivocado concepto de mí. Hay, en estos momentos, miles de paginas repartidas en todos los géneros literarios que hablan un poco mejor de mi persona y segura¬mente permitirán a quién se lo proponga, esbozar, al menos superficialmente, una imagen más completa de mí.
Si cada hombre o mujer que pasa por este mundo dejara escrita su histo¬ria o al menos las partes de ésta que considere interesantes, aportaría muchísi¬mo a sus descendientes. (Este libro, por ejemplo, instruye sobre lo que no hay que hacer.) Personalmente me fascinaría encontrarme hoy con algo escrito por alguno de mis abuelos. A pesar de haberlos tenido varios años a mi lado, no puedo decir que los he conocido. Si llego a viejo, seguramente también seré un desconocido para los jóvenes de mi familia. Cuando uno es joven suele ver a los mayores como seres humanos que han nacido así, con esas arrugas, ese paso lento y esa mala costumbre de aconsejar sobre cosas que no entienden. Procuraré evitar esa mala imagen escri¬biendo ahora que todavía tengo el pulso firme. Quizá estas cosas de mi vida no encierren para otros ni remotamente el valor que tienen para mí, pero es el riesgo que se corre al contar la verdad.